Quien renuncia a ser el mejor, para ser sencillamente uno mismo, supera su vanidad resguardando lo auténtico y genuino como valor esencial. Así, siendo único deviene la mejor versión de sí mismo.
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Se otorga la eternidad a quien deja una prosa mágica como legado. Y mágica no por su barroquismo ornamental, sino por la rara habilidad de ser en palabras la encarnación de una diversidad de vidas. Quizás, siempre fue el poeta el único testigo fiel de lo acontecido.
Si un artista encarna la frivolidad, aunque sea mediante la máscara que le gusta aparecerse, ¿no resulta cínico que su retórica censure lo frívolo como impropio de la autenticidad del arte?
Renovamos momentáneamente la perplejidad por lo más nimio del mundo, cuando la mirada de un infante que gatea nos exige una visión simple y espontánea de las cosas. Súbitamente las piezas aterciopeladas con formas geométricas dejan de ser problemáticas para transformarse en ligeras saltarinas que se desplazan a cada manotazo que les propinamos y cuyo
Quedarse sin “habla”, sin capacidad para decir nada ante lo observado, es una reacción genuina y espontánea que curiosamente traza rasgos significativos del individuo al que le sobreviene esta incapacidad. Los hechos que provocan este estado en el sujeto son relevantes porque no es, por supuesto, lo mismo perder el habla ante un regate espectacular
Ejercer de uno mismo, siendo más de uno, no es grato. Todos somos quien queremos y aquellos rastros que emergen contra la voluntad, y mostramos avergonzados. Existimos antagónicamente, siendo auténticos en cualquiera de las apariciones. Aunque lo genuino sea esa unidad que surge de la confluencia de ser contradictoriamente, un individuo maltrecho de la lucha