Inmersos en un devenir perpetuo que no concede descanso, nos transformamos en autómatas que reaccionan al alud de intensos estímulos, de origen privado o público. Esa sutil confusión que la manipulación de las nuevas tecnologías ha suscitado entre la intimidad y la libertad. Sin duda, para confundir lo relevante con la esfera emocional e intervenir
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Si Pitágoras ya vislumbró en su teorema sobre el triángulo rectángulo una relación de proporcionalidad, fue porque debería por justicia y armonía reinar tal equivalencia en el mundo, como microcosmos. Pero, más allá de las teorías matemáticas o geométricas, de tantos, ni observamos proporcionalidad, ni equivalencias, ni por tanto justicia alguna, porque hace ya que
“…solo aquel que está marcado por la legitimidad empírica siente la necesidad de liberarse de ella. La causalidad es entendida, reconocida y establecida por la libertad. El criminal no reconoce la causalidad, quiere quebrantarla: quiere quedar libre de repente, por ejemplo, de una joroba de una cojera: en tan escasa medida reconoce el hecho. Solo
Nunca dejaremos de avanzar centrifugándonos en lo posible, dejado atrás, como alternativas quizás mejores que a las que dimos existencia. Es ese rumor nostálgico y un algo melancólico que sostenemos para cerciorarnos de que lo nuestro fue una elección.
Sentados, con los pies colgando hacia el abismo, nos resta la crucial decisión de orientarlos por voluntad propia, prescindiendo de resonancias insidiosas que podrían doblegarnos.
La coacción subrepticia ejercida sobre la voluntad de los sujetos, o bien los convierte en títeres abducidos, o, por el contrario, genera en ellos una erupción volcánica.
“En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo –en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente
Tendemos a presuponer que aquellos con los que compartimos afectos y pensamientos en muchos aspectos de la vida, son siempre armónicos en todo parecer con nosotros. Cierto es, que la edad nos aleja con premura de esta tierna ingenuidad. Los vínculos de amistad presuponen fidelidades que nada tienen que ver con las ideas, aunque claro
“Salir del armario” es una expresión despectiva que se ha utilizado durante demasiados años en este país. Lo paradójico es que ahora son otros los que ocupan esos armarios, quizás porque no existe en lugar alguno un auténtico sentido del uso de la libertad.
Cuando los dedos de las manos se asemejan a gusanos que culebrean desnortados y no hay casi margen de dominio sobre ese movimiento caprichoso, empezamos a alertarnos respecto de cuántos gestos realizamos sin intervención de nuestra voluntad, por aleteo azaroso de conexiones neuronales externamente moldeadas. Si es así, ¿dónde reside la libertad?