El tiempo, ese gran escultor que va cincelándonos como singularidades pétreas, a veces solo son muescas, otras, relieves que nos configuran, pero siempre resta el grabado de los instantes que nos pertenecen. Y en ese umbral de lo esculpido cada uno gesta, junto a los tiempos, esa contingencia que nos constituye. Así, somos el ayer
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Habitamos el mundo, o así lo queremos, de espaldas al viento, aferrados a un mástil oscilante. Mitigamos su fuerza con requiebros y amarres cuya condición es no amarrar. Y, así, a contracorriente, con la melena siempre tapándonos el rostro, deseamos escenificar nuestro desacuerdo, malestar y actitud desafiante. Sin embargo, ¿cómo eludir la presión que se
Hay quienes están envueltos en una piel de serpiente, rugosa y árida. Demasiados. Otros están recubiertos de una fina epidermis que nos les aísla de la dureza del entorno. Si realizamos un ejercicio de introspección, cada uno de nosotros es capaz de reconocer su tipo de tegumento, y hacer recuento de cuanto contribuyó a la
Ondea un tono grisáceo que opaca la luminosidad, esa tenue refulgencia que anhelamos emitir, afanándonos en ella, aunque resulte estéril y en vano. Acaso, deberíamos con serenidad reconocer la escasez de motivos que pueden irradiar el espacio lóbrego que ocupamos. Tolerar la pesadumbre que nos envilece y sostenerla, soportarla y demostrarnos que podemos. Y, tan
Desearíamos, tan solo, un poso fructífero derivado de la acumulación de esas breves y tenues vivencias que sustancian el alma. Anhelamos que emergiendo de la tragedia cotidiana restara algo, ni que sea invisible pero sí perceptible por algún sentido oculto de nuestra mente, que vigorizara las ganas de permanecer en este averno en el que
Verdear el horizonte es un deseo inconsciente, una reminiscencia ancestral que como un renuevo pulsa por emerger con consistencia. Pero, no hay posibilidad ya, desfondados por un presente crudo y realista, de rebrotes falaces que solamente devienen lenitivos para sostener lo insoportable. Serpenteando por el ámbito de lo infausto, nos resta la fortaleza para rescatarnos




