La mínima manifestación de la existencia consiste en permanecer, sin pretensión alguna. La vida es otra cosa.
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El espacio recorrido –distinto al reseguido- se acompasa de un tiempo que transcurre inexorablemente al punto final. Ese tramo vital nunca es aséptico, por mucho que el lenguaje permita esta indiferencia.
Persiste un rescoldo que amara en la piel, absorbiendo la hidratación que la mantiene tersa y suave. Así, se agrieta y arruga la dermis que no delata tan solo los años, sino la vida: ese intenso y costoso camino de espinas. Un rostro aviejado, moreno, con los surcos de los tozudos gestos, es un clamor
Si el amanecer no acontece, revisa tu estado vital.
Vertimos todos los esfuerzos y refuerzos en el empeño de sostener la dignidad vital, hasta que “algo” nos revela interiormente que: o la vida es meritoria por sí misma o ¿por qué acreditar un hecho biológico que nuestra conciencia nos condena a solemnizar para poder transitarla? El infierno del hombre es la autoconciencia, no hay
Tras una vida sufrida, sino no hay vida, solo cabe aguardar la consciencia de la muerte, siempre prestos cuando llegue.
“Una virtud tiene que ser invención nuestra, personalísima defensa y necesidad nuestra: en otro sentido es meramente un peligro. Lo que no es condición de nuestra vida la daña: una virtud practicada meramente por un sentimiento de respecto al concepto de “virtud”, tal como Kant lo quería» Nietzsche, El anticristo El fragmento está obviamente sesgando
Conforme la vida contituye un trazo rasgado con esfuerzo, las generalizaciones son verbalizaciones despersonalizadas y, por ende, agravios. Ya no podemos acomodarnos al «todos somos X», sin sentir nuestro proceder particular ninguneado; porque cuando la vida posee naturaleza propia y se ha singularizao no merece, por dignidad, ser sin criterio evacuada en el saco de
No hay lugar propio en el espacio, no hay pertenencia, ni justicia, solo azar que se nos antoja aprovechar o quedarnos reflexionando sobre su naturaleza. Desvelado este misterio actuamos con la premura de atrapar el instante benévolo y estrujar sus posibilidades, en prevención de envites desfavorables que puedan aflorar. Así la vida emula un
“Solo se vive una vez” reza el dicho, seguramente porque tenemos de sobras.