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Si todo es perfectible, la perfección es un infinito hacia el que tiende la naturaleza de las cosas, lo cual desde una perspectiva ontológica sería como reconocer que el ser no es nunca plenamente lo que es, que la realidad es dinámica, que Platón se equivocó y que Heráclito fue el gran sabio al que siguieron otros. Claro que también podríamos argüir que son las cosas existentes las que  son perfectibles porque tienden al ser sin llegar a realizarlo. De esta forma Platón sería recuperable aunque de manera forzada, porque lo perteneciente al mundo sensible llega a un punto de culminación a partir del cual se degenera, es decir abandona su proceso de perfectibilidad. Así, parece que esto quepa aplicarlo con más rigor a la naturaleza de las cosas y no de una cosa concreta. Es decir ser humano es perfectible porque tiende a una perfectibilidad mayor, a un infinito que es la perfección. Aunque el ejemplo haya sido torpemente elegido y controvertible.

No obstante, la idea de que todo es perfectible puede tendernos una trampa, porque que tenga la posibilidad de perfeccionarse no implica que tienda a ello, ni que su dinamismo se rija por ley ninguna que así lo garantice. Antes bien, parece que no hay ser naturalmente definido en un sentido moral, que parece que es lo que aguardamos siempre en estos diálogos metafísicos. ¿Por qué la plenitud de un ser no puede ser lo más aberrante para nosotros desde un punto de vista moral? ¿Qué confusión se esconde tras la convicción de que la plenitud del ser es a su vez plenitud moral?

La ontología, obviamente se ha desarrollado al servicio de la moral. Esto ha sacrificado nuestra mirada y nuestra capacidad de aprehensión del ser