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Mediante el lenguaje  se establece el entramado del discurso políticamente correcto, representando el pensar dominante sobre la naturaleza de las cosas. De ahí emana la opinión pública sobre lo que  es lícito o no decir, respecto de lo que debe elevarse una llamarada popular, también en las redes sociales, o lo que se asienta amablemente en el relato prescrito. Así, se flexibiliza el rango de lo normal para integrar a la diversidad de minorías socialmente, aunque sea una impostura a la que contribuyen ávidos los medios de comunicación, y se incorporan eufemismos que dulcifican aspectos considerados desagradables de la realidad. Como si quisieran hacernos creer que vivimos en una especie de Walt Disney World Resort de adultos.

La resultante es que el lenguaje conforma el mundo que habitamos, modificando creencias, hábitos, costumbres y formas de vida. Y, esto se produce, no por una evolución social y cultural únicamente, sino al amparo del designio orquestado por los poderes económicos que exigen conductas definidas para el buen funcionamiento del mercado.