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Tendemos a reclamar derechos cansinamente por ninguneados. Los básicos, que son a mi juicio los sociales y económicos  sin los que difícilmente pueden ser ejercidos los civiles, conforman ya una sintonía de fondo de la que nadie se apercibe. El sistema económico único opera como un imperio sin fisuras que tiende a premiar a la élite privilegiada que posee la mayor parte de la riqueza y a igualar hacia los niveles más bajos al resto de la población. Una dicotomía propia de los países del tercer mundo que, de manera mitigada por una debilitada clase media, se está imponiendo en los países occidentales, pero con una precariedad laboral y pobreza cada vez más amplias.

Esta situación no alarma a los gobiernos que son conscientes de las implicaciones de la globalización de la economía. Sin embargo, tienen la desvergüenza de seguir engañando a parte de la ciudadanía-aquella que aún se crees sus palabras- con sociedades idílicas donde todo será diferente, aun manteniendo los vínculos con las Instituciones y organismos Internacionales de los que ningún Estado puede hoy prescindir. Y estos últimos –los organismos internacionales- son los que de hecho establecen las políticas económicas a grandes rasgos de los gobiernos, el déficit que pueden asumir, la deuda que deben saldar, la austeridad que deben imponer; y si el curso de la economía funciona o no según su parecer son llamados al orden y advertidos de las medidas que deben tomar: disminución de sueldos, subidas de impuestos,….

Las capas más perjudicadas de la Sociedad no tienen capacidad para  rebelarse contra esta maquinaria porque es excesivamente potente y mundializada. Los sindicatos son una triste figura adosada al poder gubernamental que han perdido su verdadera función y sentido.

El panorama evidencia un atropello de la dignidad de las persones que no son para la política el fin, sino el medio que sustenta los deseos de perpetuarse de aquellos que acceden al poder. No hay por tanto derechos a garantizar, sino relatos que puedan convencer a los ciudadanos, una estrategia publicitaria que se convierta en votos, aunque estos sean solo la expresión de evitar males mayores: son votos que sumados se convierten en escaños, que a su vez otorgan el poder de gobernar.