Y digo yo, que no seré una Cassandra estupefacta recordando los múltiples chistes, que a los pocos días del atentado a Carrero Blanco ya corrían por la boca de los ciudadanos. Y ella, que solo pasaba por allí con un chiste trasnochado, se topó con los viejos justicieros, que hacen el uso que quieren de
Autor: Ana de Lacalle
Parece haberse desatado un tumulto de aconteceres destinados a desaparecerte. No cabe contemplar la subjetividad de que seas un pesimista vital o un fatalista, ya que se han elevado vallas puntiaguadas a tu alrededor que a base de asfixiarte diluyen tu existencia.
Hay palabras que, aunque se muestren oportunas, denotan la hipocresía que busca satisfacer expectativas. Son pronunciadas con tal debilidad que no consiguen enmascarar la actitud que se niega, porque son escasas, sin contundencia, sin convicción, solo nombradas. Así, sin pretenderlo, desenmascaramos algo oculto y auténtico que no se nos quiere expresar, por razones ignotas que
Quien no se satura del yo flota en las aguas de Narciso, solo así no halla lugar lo ajeno.
Deglutir algunos acontecimientos, no engulléndolos sino digiriéndolos pausadamente, permite metabolizarlos como si de fruta fresca e inocua se tratara. Otros no tienen deglución posible, solo pueden ser embutidos.
Platón aseveraba que el hombre sabio –el que sabe vivir- es aquel que se prepara para morir. Esta convicción lleva implícita una creencia de una vida post-terrenal mucho más elevada que la que conocemos. Solo así se justifica que nuestra vida, aquí y ahora, esté orientada al “después”. No obstante, creo haber observado que la
Carentes de la osadía de la veracidad, transitamos chapoteando para no sucumbir a un lodazal insuperable. Así creemos vivir con cierta dignidad, porque escondidos tras la ambigüedad de las medias acciones, nuestra persona queda diluida en el fantasmagórico escenario de la impostura. La virtud es el canto añejo de los trasnochados, que desubicados se acunan
La educación es la estrategia política a largo plazo más eficaz.
Una utopía realizada es irremediablemente una distopía.
Ese cielo plomizo, ya nada amenazante, desprende un ánimo decadente propio del influjo mundano. Si escupe precipitaciones abruptas, no es más que la empática condena que lo atenaza. Tsunamis, terremotos, lluvias torrenciales, vientos huracanados. Es obvio que el orbe está convulso, ante el auto-exterminio de los humanos, que nunca fueron un animal más, sino el