Que un dolor no pueda ser re-conocido por nadie más que quien lo padece, que a quien sufre se le diga que no es re-conocible su dolor, le condena al pozo de la soledad más cruda, al silencio exigido por la incomprensión. Ya, en esa guarida húmeda, se recrudecen las ausencias y los silencios reverberan
Autor: Ana de Lacalle
La globalización económica y cultural fue siempre gestionada en interés del capital y del pensamiento único, nunca como instrumento de equidad y reparto de riqueza, ni de reconocimiento de la diversidad cultural. ¿Contra quién finge, quien finge no ser ultraliberal, levantar muros de protección? ¿Contra quienes le han servido de trampolín en su ascenso? No
Sentirse al borde de un ataque de nervios no es un estado exclusivo de la mujeres, aunque como el tópico –del que se aprovechó Almodóvar- así lo propaga vinculándolo al de la mujer histérica –distinto concepto del que usara Freud – Antes bien, podríamos ajustar el significado de la expresión refiriéndolo a la cotidianidad de
Existe una línea, casi imperceptible, entre el sentido del yo y el instante en que éste se resquebraja actuando en oposición un alter ego destructor. Muchos sujetos no se aperciben de tal sinuosa hechura y se confunden en una identidad paradójica, y contradictoria. Ahora bien, quienes, por sensibilidad aprecian el desfibrar sedoso de esa ínfima
Parpadear la realidad dosifica la mirada.
¿Puede concebirse la existencia de un Ayuntamiento con cien millones de euros de superávit y cuatrocientas familias viviendo en chabolas, junto a las que lo hacen en pisos al borde del desahucio o en condiciones infrahumanas, que además vocifere como cualquier demagogo la acogida de refugiados cuando no es capaz de rescatar a los ciudadanos
Bruno Bettelheim consiguió iluminarnos con su obra “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”[1] ya en 1975, sobre cómo estos configuraban de forma positiva la personalidad del niño, al ayudarle a afrontar los conflictos internos inconscientes, que sin ningún resorte podrían dañar la salud del futuro adulto. Aunque no siempre la conducta y la identificación del
La osadía de vivir es discreta, el hábito se jacta de no serlo.
No es en vano el esfuerzo de asistir, acompañando de cerca, al ímpetu de crecer de los púberes que, por estar destinados a adolecer, necesitan el apoyo de un adulto cuya veracidad y honestidad oriente los afectos y sensibilidades en pos de lo auténtico.
Si instalados en el silencio, sintiéramos los pálpitos acelerados de quien desconfía, reprocha y exige, deberíamos recurrir a la virtud platónica de la templanza, dejar declamar al otro hasta su extenuación y, ya abatido de su absurdo discurseo, hacer de nuestro silencio un lecho plácido para su descanso. Así, reiteradamente, cada acceso de rabia, celos