Autor: Ana de Lacalle

Globalización

La globalización económica y cultural fue siempre gestionada en interés del capital y del pensamiento único, nunca como instrumento de equidad y reparto de riqueza, ni de reconocimiento de la diversidad cultural. ¿Contra quién finge, quien finge no ser ultraliberal, levantar muros de protección? ¿Contra quienes le han servido de trampolín en su ascenso? No

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Al borde de un ataque de nervios

Sentirse al borde de un ataque de nervios no es un estado exclusivo de la mujeres, aunque como el  tópico –del que se aprovechó Almodóvar- así lo propaga vinculándolo al de la mujer histérica –distinto concepto del que usara Freud – Antes bien, podríamos ajustar el significado de la expresión refiriéndolo a la cotidianidad de

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Desdoblamiento

Existe una línea, casi imperceptible, entre el sentido del yo y el instante en que éste se resquebraja actuando en oposición un alter ego destructor. Muchos sujetos no se aperciben de tal sinuosa hechura y se confunden en una identidad paradójica, y contradictoria. Ahora bien, quienes, por sensibilidad aprecian el desfibrar sedoso de esa ínfima

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Barcelona, la otra cara

¿Puede concebirse la existencia de un Ayuntamiento con cien millones de euros de superávit y cuatrocientas familias viviendo en chabolas, junto a las que lo hacen en pisos al borde del desahucio o en condiciones infrahumanas, que además vocifere como cualquier demagogo la acogida de refugiados cuando no es capaz de rescatar a los ciudadanos

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Los cuentos de Hadas

Bruno Bettelheim consiguió iluminarnos con su obra “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”[1] ya en 1975, sobre cómo estos configuraban de forma positiva la personalidad del niño, al ayudarle a afrontar los conflictos internos inconscientes, que sin ningún resorte podrían dañar  la salud del futuro adulto. Aunque no siempre la conducta y la identificación del

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Sometimiento

Si instalados en el silencio, sintiéramos los pálpitos acelerados de quien desconfía, reprocha y exige, deberíamos recurrir a la virtud platónica de la templanza, dejar declamar al otro hasta su extenuación y, ya abatido de su absurdo discurseo, hacer de nuestro silencio un lecho plácido para su descanso. Así, reiteradamente, cada acceso de rabia, celos

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