Quien no miente, nunca dice la verdad
Autor: Ana de Lacalle
De niña, me parecía inconcebible que una grafía como la i, cuya naturaleza era llevar un punto, pudiera perder su idiosincrasia para adoptar un acento que no le era propio. Quizás percibía las cosas como entes con una categoría ontológica no menos respetable que la nuestra, y esta equiparación de todo cuanto me rodeaba me
Las precipitaciones de acontecimientos tienen un efecto angustioso sobre el sujeto, que se siente despejando situaciones superpuestas. No cabe la serenidad cuando la reacción se exige inmediata ante hechos amenazantes. En esas situaciones añoramos la capacidad instintiva de la respuesta adecuada, porque la reflexión se colapsa bajo presión y nuestra capacidad resolutiva se va sintiendo
Decir basta implica un antes y un después, entre los que se abre un brecha insondable.
Se despliegan pergaminos repletos de antiquísimos ruegos acaso de naturaleza irresolubles. Y no cabe buscar el quién, ni por qué arroja sobre nuestra corcova tal lastre, sino asumir el legado de romper lo inefable.
Allá donde no cabe la compasión, porque no hay perdón posible, asoma sibilina la culpa del desprecio. Como si en algún recóndito lugar yaciera toda la pena, a borbotones resguardada, la que debería pertenecer al despreciado que nunca sintió, y la que hierve en quien cree no encontrar lugar, hoy, para el perdón. Cuando en
Allá donde no cabe la compasión, porque no hay perdón posible, asoma sibilina la culpa del desprecio. Como si en algún recóndito lugar yaciera toda la pena, a borbotones resguardada, la que debería pertenecer al despreciado que nunca sintió, y la que hierve en quien cree no encontrar lugar, hoy, para el perdón.
“En cuanto a la libertad de pensamiento, es cierto que sin ella no hay pensamiento. Pero aún es más cierto que cuando el pensamiento no existe tampoco es libre. En los últimos años ha habido mucha libertad de pensamiento, pero no pensamiento. Algo así como el niño que, no teniendo comida, pide sal para sazonarla.”
Hay quien asegura sentirse joven a los cincuenta. Esta idea puede resultar atractiva si estamos imbuidos de las idolatrías actuales. Haciendo una simplificación algo burda: la juventud como estado vital de plenitud, en el que el éxito social está garantizado si, además de joven, eres guapo. Idolatrar implica someterse a lo idolatrado, y actuar según
Existe en el imaginario colectivo cierta tendencia a valorar lo nuevo, lo último como mejor que lo anterior; tal vez por el residuo aún latente de la idea ilustrada de progreso, se considera que toda novedad es un avance. Esta convicción, por su falta de criticismo, es en ocasiones errada, más aún cuando intentamos legitimar