Dirimir el lugar apropiado en relación al otro, y el propio en relación al yo, es un arte fluctuante que exige una intuición casi divina.
Si no hay amago de regeneración, todo cuanto ha sido despiadadamente tratado será al fin malogrado. Pero, también se degenera quien malogra porque va despojándose de su naturaleza de humano para devenir un auténtico salvaje.
Queridos reyes magos, dejad de existir porque sois la pesadilla de los niños pobres –muchos hoy- y marginados del consumo. Sois una bofetada más a los padres que no han seguido el manual del perfecto consumista de éxito. Dejadnos en paz, ese es mi regalo
Colgamos los brazos distendidos en la barandilla de la terraza, observando lo que pudiera avecinarse, mientras otorgamos descanso a la obsesión de discurrir, agotados de verlas venir antes de arribadas.
Dicen que el número trece da mal fario, será por esa suerte que no superaremos la maléfica cifra. Tras años andados, entre la ambigüedad, el miedo, el no reconocer lo acontecido, se imponían destellos de un querer no elegido, casi tropezado, junto con pasiones in crescendo que sugerían un desastre a evitar con todo el
Los que concebimos la Filosofía como una forma de vida no podemos desapegarnos de esa actitud interrogativa que enerva a los que, siendo algo solidarios, creen acallar su conciencia. Y es que el filósofo –al que nos referimos- padece la culpa universal que le ha troceado la conciencia. Acaso sea esta carga la que le
Ignoramos el devenir sin por ello angustiarnos, aunque la cuestión debiera ser si la experiencia acumulada, desde la cual nuestra ignorancia nos proporciona tranquilidad, ¿no sería más bien un motivo de ataque de pánico?
La felicidad pudiera ser un bienestar sostenido, hasta que se cruza alguien ajeno y te desmonta el castillo de naipes, en el aire.
Ese sonido grave de un viento que no cesa ya desde hace días, y repiquetea en las ventanas y puertas, se me antoja una severa advertencia, un recordatorio de que todos somos igualmente vulnerables y que nadie está a salvo de lo que no depende de él. Para los arrogantes que dormitan protegidos por el
El rencor es como una regurgitación ácida que agrieta el rostro. Lástima que hay cosas que no pueden dejar de ser re-cordadas y vomitadas por la acidez que generan.