Todo acontecer parece carecer de importancia, inmersos en un marasmo de sucesos, nada es ya acontecimiento sino accidente nimio, entre los que vamos sorteando la existencia. Habituados a ver, protegidos por imágenes, las atrocidades más inhumanas, cuanto hay se desliza por una indiferencia sin discriminación. Nuestra sensibilidad puede tolerar un anuncio poco oportuno, con la
Etiqueta: miserables
Deambulo parasitando por impotencia, como un caracol sin tentáculos que voltea arrostrando su densa concha. Y esta circunstancia no es azarosa, al contrario; reptamos, no tan solo yo sino muchos o todos, capeando una pandemia vírica y peculiar. Adosada a su invisibilidad, se añade la ignorancia zigzagueante sobre cómo se expande entre la población. Durante
Nada somos para quien no quiere vernos.
Decaemos en el umbral de nuestras miserias, cuando su reconocimiento nos muestra quiénes hemos llegado a ser tras tanto bregar por la vida. Y no es, como pudiera parecer, lamento alguno, sino constatación y conciencia de nuestra profunda humanidad, esa que nos trasciende y nos degrada alternativamente. Esa naturaleza sin parangón, que pese a quien

