Sentirse no es ser, lo cual genera una brecha dulce para unos y amarga para otros.
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No sabemos quiénes somos hasta que no nos topamos de frente con nuestro rostro sin disfraz.
Ser es existir en un dinamismo dialéctico entre lo interiorizado y lo otro. Nunca, somos pues exactamente el mismo, aunque si dispongamos de una médula originaria desde la cual interactuamos y nos dotamos de una identidad siempre en evolución, que nos permite seguir siendo vivos. Sin embargo, cuando la mente saturada no capte más que
Si aquello que denominamos Ser, que algunos entienden como algo inapelable e inefable “ubicado” más allá de lo existente, pudiera darse como contraposición en cada particular existente –sin el cual no sería propiamente- las elucubraciones, sobre lo que sucede tras la muerte, se simplificarían. Cierto es que la aceptación de un final abrupto y sin
La realidad es esa tozuda invitada, a despecho de la voluntad, que siempre se presenta sin atavíos ni imposturas, para recordar a los asistentes al festejo, que se amagan tras una apariencia falaz para fingir celebraciones que no tienen auténtico motivo, ni lugar. Esa cascarrabias que se impone por la evidencia de ser.
Las banalidades son, en último término, las cenizas que llenan la urna tras nuestra incineración ¿qué somos, pues?
Si todo es perfectible, la perfección es un infinito hacia el que tiende la naturaleza de las cosas, lo cual desde una perspectiva ontológica sería como reconocer que el ser no es nunca plenamente lo que es, que la realidad es dinámica, que Platón se equivocó y que Heráclito fue el gran sabio al que
Platón reflexionó sobre la paradoja de parecer justo y no serlo, o por extensión podríamos decir parecer honrado y no serlo,…De hecho, si así lo hizo el sabio griego fue porque era una práctica ya observada en su tiempo: la voluntad de parecer lo que no se es, con el fin de tener más éxito