El Deseo

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El Deseo, ya en la Grecia antigua y en la modernidad a partir de Kant especialmente, pasó a constituir un término que aludía a las pasiones irracionales que hierven en el cuerpo -que no es algo distinto de la denominada mente-[1] y que nos arrastran a hacer lo que no queremos. Es decir, se establecía una distinción entre el querer auténtico discernible exclusivamente mediante la razón, y el deseo que serían las pulsiones, emociones que tienden atraídas por un objeto, sin que haya de por medio reflexión alguna.

En la actualidad los cuerpos son entes individuales con un funcionamiento integral en el que todos los órganos y funciones interactúan y se afectan. De tal forma que, dolores físicos pueden tener un origen diríamos psicológico, o bien, siendo propiamente fisiológicos, mermar nuestra capacidad mental -en cuanto el cerebro como sistema nervioso central no se inhibe nunca de las afectaciones-.

Esto nos lleva a reconsiderar el concepto de deseo -sobre el cual hay muchos que han reflexionado en profundidad, pero de los que ahora, humildemente, prescindo[2]– como la fuerza, la energía que nos impulsa y que está intrínsecamente vinculada a la voluntad, la racionalidad, las emociones. Es decir, los humanos deseamos corporalmente y, en este sentido, ninguna de las facultades puede quedar excluida. De este modo cualquier objeto de deseo es filtrado por nuestras capacidades o carencias como cuerpos que somos y su fijación como fin a obtener es el resultado de una multivariante de elementos que entran en juego.

Es de sentido común que no todo lo que deseamos y obtenemos comportará consecuencias beneficiosas, mas también lo es que de los fracasos o errores aprendemos, y dejamos de desear lo que nos daña. Quisiera, en esta línea, diferenciar entre deseo y adicción irracional, que entiendo han sido equiparadas, sino explícitamente sí en el imaginario colectivo. El deseo de fumar marihuana que acaba siendo una compulsión, se convierte en una necesidad física y psicológica que ya no constituye un deseo, sino que deben ser tratadas como adicciones que no son deseables.

Aquí, recuerdo una reflexión de J. S. Mill sobre si todo lo deseado es deseable, y la crítica que recibía de que, por ejemplo, que mil millones de moscas deseen comer mierda -el ejemplo es mío y disculpad lo escatológico- no hace de la mierda un alimento deseable. Y esto porque sin que tengamos que retornar a la diferencia entre querer y desear -racionalidad y pasión- no todos los deseos tienen la misma trascendencia en nuestras vidas y, en consecuencia, la gestión que hagamos de cada deseo será diferente, peculiar y propia.

En este sentido discrepo de que el deseo pueda ser abordado universalmente, ya que la cultura también interviene en la deseabilidad de un objeto u otro, así como la peculiaridad de cada sujeto.

Ahora bien, esto no excluye que no haya objetos que, en cuanto afectan a la comunidad, deban ser deseados por todos para que podamos considerarlos como deseables intersubjetivamente, y, por ende, devengan un deseo colectivo.

Deseos colectivos que deben ser contemplados posteriormente como normas legales que reconozcan la accesibilidad del objeto para todos los miembros de la comunidad. Aquí, entraríamos en cuestiones políticas ya que, a la postre, el deseo es también una cuestión política.

Tal vez, restan en este artículo tantos aspectos por precisar que lo que acabaría surgiendo de un rigurosa reflexión sería más bien un ensayo, que de momento no escribiré.


[1] Este supuesto puede ser controvertido. Lo que intento expresar es que no concibo lo humano en términos dualistas, ya que lo que denominamos mente se manifiesta en el cuerpo y a la inversa. Las limitaciones del lenguaje nos obligan en ares de una mayor claridad a usar conceptos diferenciados, que parecen referirse a entes distintos. No es esta la hipótesis de la que parto.

[2] Mencionemos a Freud, Lacan, Nietzsche, Deleuze y Guattari, por ejemplo.

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