El odio es una emoción que no solo depositamos en el otro, sino que nos corroe y perfora como un cáncer hiperactivo. Así, aún no pudiendo evitar la aparición del sentimiento, deberíamos -egoistamente- doblegarlo para nuestra protección. Que algunos merezcan ser odiados no puede implicar la autodevastación.
Autor: Ana de Lacalle
A veces, cuando lo que consideramos verdad es indescifrable, mejor mantener un prudente silencio, no sea que el empeño de ser honestos nos lleve a faltar a lo genuinamente verdadero.
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Nos aferramos a las costumbres con un delirio de adivinación, es decir, creyendo que la rutina nos permitirá prever los acontecimientos. Así, los hábitos nos proporcionan una seguridad falaz que deviene fallida cuando el acontecer se expresa con toda su crudeza.
Quien siendo hija es además madre se ubica en la encrucijada de crear una figura singular que, sintetizando lo bueno acogido y rectificando los fallidos gestos, sea capaz de dar lo justo y no excederse en evitar a sus hijos el daño. La complejidad es exponencial cuando la vivencia de lo parental es la ambigüedad
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Cansados y hastiados ya, de vagar por un terreno baldío, hemos echado al vuelo de la disolución quimeras y utopías. Andamos hoy, en suelo firme sometiéndonos, lo admitamos o no, al imperativo de la ley del más “fuerte”, es decir, del que poseyendo poder económico dicta cualquier otra norma “ad hoc”. Nuestra pasividad efectiva es
La pretensión de fundamentar objetivamente una moral, tropieza con la heterogeneidad de las capacidades humanas cognitivas, que no proceden de manera unívoca. Y son éstas la única base para justificar toda posible verdad, desde que hemos admitido como incognoscible todo aquello que trasciende nuestra sensibilidad perceptiva. Así, no haya quizás otro camino que el consenso
Se dice que errar es de humanos, pero qué pesadamente digerimos y asumimos un error cuando el humano somos nosotros.