A quien se siente sobrepasado por la realidad, no le restan más que subterfugios falaces consistentes en: rebelarse contra ella legitimándose como víctima sin receso, o bien la huida eterna. La primera opción implica deformar lo que acontece, como si el sujeto preso de una paranoia, sintiera todo suceso como una especie de ánima maligna
Autor: Ana de Lacalle
Nos requerimos para dar respuesta convincente sobre qué ocurre cuando parece no suceder nada. Y atónitos, por la disociación, conjeturamos que tal vez el acontecer más evidente sea -en esa aparente circunstancia del no suceder- la vorágine interna que se genera en busca de un sentido apropiado de la quietud.
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Las separaciones siempre resultan perturbadoras y abruptas; aunque percibamos con antelación su suceder, el corazón encogido y agazapado se escuda para no desbordarse y proyectar redes que impidan lo inevitable. Sabemos de la naturaleza caduca de todo cuanto hay en el existir, pero no nos resignamos y zarandeamos mentalmente la vida para conferirle una elasticidad
Si decimos, y es, en vano, tal vez economizar el lenguaje sería la estrategia pertinente. Porque la tonadilla cansina produce inmunidad ajena y propio desencanto. Wittgenstein recomienda: “Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar”, y es que la locuacidad que brota del deseo de proteger no es más que un proferir palabras
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Sucumbimos a la impronta de nuestras emociones y, al hacerlo, regresamos a la transparencia de la infancia, aunque la adultez no se avenga por compostura social a tal espontaneidad superlativa. Por ello, y para no ser unos inadaptados, nos apresuramos a plegarnos al postureo que exige nuestra “madurez” cediendo al raciocinio el mando de lo
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