Un atropello verbal se escenifica mediante una crispación absurda ante opiniones ajenas que no se respetan, pero puede ocasionar efectos secundarios en los sujetos que se sienten apabullados, por pensar.
Autor: Ana de Lacalle
Cualquier gesto gratuito orientado al menosprecio ajeno revela una insuficiencia propia
Sería deseable que cuando un criminal padezca una enfermedad mental, su derecho a la intimidad de su historial clínico sea respetado. Por él -es un derecho se lo merezca o no, a ese juego llevamos tiempo jugando- y por respeto a la dignidad de todas aquellas personas que con el mismo diagnóstico, ni son criminales
Existen aspectos del sujeto tan finamente delicados que sin una intervención hábil y empática pueden destruir anclajes vitales.
Cuando el individuo se siente protegido por el “grupo” puede transformarse en una mísera copia de sí mismo.
Sin haber tenido acceso a la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la quema de fotografías de la monarquía española, me perturba por lo que ha trascendido a través de los medios de comunicación una cuestión de fondo que va más allá de la coyuntura sobre la que se ha pronunciado el Tribunal. Y es
Sentir una compulsión al vomito infinito es el síntoma de haberse restregado el rostro entre la más trágica de las miserias humanas.
Hay niños consumidos en sus huesos por los que nadie más que los suyos lloran, entre escombros y ponzoña, resistiendo como cadáveres aún vivos esperando la muerte como su único auxilio. No tienen homenajes póstumos, ni nombre, casi ni son número. Deberían ser la hiel amarga eternamente de toda conciencia.
Si no hay silencio, sino un vago rumor musitado por anónimas voces penetrantes, quizás algún gemido resta acallado en las entrañas.
Resistirse a la exigencia de ser el báculo urgente de quien entra en pánico en el lecho que anuncia el final, puede no ser un gesto de indiferencia egocéntrica sino la última tensión y gesto de supervivencia de una larga historia esperpéntica.