Siendo reos de nuestras heridas arcaicas, no hallaremos la paz.
Autor: Ana de Lacalle
El espacio recorrido –distinto al reseguido- se acompasa de un tiempo que transcurre inexorablemente al punto final. Ese tramo vital nunca es aséptico, por mucho que el lenguaje permita esta indiferencia.
Cuando un pueblo deja de pensar y se entrega de forma expansiva al sentir, no hay despropósito ni incongruencia de sus líderes que los despierte del sueño del deseo infinito.
Nunca está todo dicho, ni escrito. Quedan resquicios insospechados en el atardecer, que se desvelan en la singularidad, la univocidad y la voluntad tenaz de no renunciar a búsqueda alguna.
La locura es el punto de lucidez del sin sentido.
Esos dedos, sin identidad excluyente, que resiguen los pliegues de tu espalda representan, en el imaginario de la escasez, la generosidad de dar consuelo y cobijar. Un contacto que traspasa a cada gesto la epidermis y se torna transgresión, impulsada por el deseo de actuar, sin reprimir ni controlar. Una expansión emocional y pasional que
La dignidad como persona no debe ser arrebatada nunca. Excepto, claro está, cuando es el propio individuo quien mediante su decir y hacer la va perdiendo por el camino. Aquí, no habría usurpación de la dignidad, sino pérdida de la misma por impostor, farsante, y no merecedor de la consideración que niega a los otros.
Tan difícil es mantenerse neutro, que casi acaba siendo pasivo, en medio de un tironeo polarizado, como inmóvil bajo un tornado.
Quien se escuda en el destino, amaga su cobardía y elude su responsabilidad.
Vives porque respiras. Viendo lo obvio, decides vivir –dando por supuesta la respiración- desplegando esas capacidades que te otorga la propia autoconciencia. Observas, analizas, valoras y obtienes opiniones sobre el mundo –el yo y la alteridad- a partir de las cuales surge la motivación para realizar algunas actuaciones. Pero, frente a ti otros no olvidan