La comunicación no verbal trasluce principalmente estados emocionales, sentimientos, que suscita la presencia y la interacción con el otro. Constituye el contenido latente de nuestro lenguaje, algo que se asemeja a esa sentencia que, posteada en este blog, afirma que el gesto espontáneo que brota de la voluntad oprimida –de lo que por decoro verbalizamos-
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Serpentean las horas con sigilo y en cada movimiento sinuoso se desvela un torrente emocional dispar, paradójico y delirante, que rebusca un lugar en el que explosionar sin que se generen daños colaterales.
No todo lo que puede ser dicho debe decirse, porque no hay “verdad” despojada de emociones, ni “hechos” que por sí mismos den cuenta de lo significativo. A causa de la incontinencia verbal, se pueden generar falacias y distorsiones que para nada se ajusten a lo acontecido.
La memoria es emocionalmente selectiva, pero deberíamos velar para que no fuese ideológicamente falseadora.
No caben largas disertaciones argumentadas dirigidas al entendimiento que parece haber sido derrotado. Porque cuando los motivos yacen en las emociones ni hay encuentro posible, si estas son contrapuestas, ni diálogo que como el término apunta es asunto del Logos, la palabra como pensamiento y posibilidad de la razón. Por ello, reclamar diálogo es acto
Los formalismos encubren el alma de una cordialidad educada, pero que como impostación social impide discernir la veracidad que guarda. Así, todo formalismo o encuadre preestablecido que oriente las relaciones humanes las enturbia de una nebulosa de ambivalencia que difícilmente permite vislumbrar hasta donde llegar el decoro y hasta donde la veracidad de lo manifestado.