El deseo devora el objeto deseado sin mediación, el querer sostiene la distancia entre el yo y el otro. Algo así, como devoro un pastel, pero me como a besos a quien amo, sin que éste deje de ser por sí mismo.
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La manifestación reiterada de un deseo o querencia, que pueden tornarse en quejas o reproches, provocan en el otro una reacción airada y defensiva que denotan la firmeza de una voluntad exenta de cambio alguno. Será, tal vez, una ausencia de coincidencias, no identificadas pero sustanciales.
Quien carece de deseo, adolece a su vez de la fuerza del vivir. ¿Implica esto que nos movemos solo según deseos? No, pero que sin ellos no hay posibilidad de discernir el querer que fundamenta el vivir.
Debemos asumir que el hombre es un ser fundamentalmente paradójico. No hay comprensión posible sin esta premisa. Esto podemos observarlo no sólo atendiendo al humano como especie, sino cotidianamente en cada uno de los individuos que nos rodean y, si nos miramos al espejo, en ese otro yo que nunca queremos reconocer. Sobre esta dualidad