Hay una cueva oculta, en un recodo cubierto de ramaje en el bosque, por donde ni los requiebros más sofisticados permiten el acceso a nadie ajeno, porque cualquier avispado que consiga aproximarse y tender la mano hacia el interior es expelido como una amenaza indeseable. Esta guarida se asemeja al foso interno de los desalojados,
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Aquel que escribe desde las entrañas, asume una existencia de honda soledad, que le otorga el privilegio de una introspección que cabalmente se resiste. Sin embargo, no hay acceso al tuétano de nuestro yo sin sostener ese difícil existir en el olvido, encarando el reflejo de quién somos y para qué.
La melancolía latente, casi estructural, remite a la pérdida de algo amado que, siendo primario en su origen, constituía la sustancia de nuestro estar y existir. Así, el ánimo taciturno resurge, cansinamente, para recordarnos de dónde procedemos y cómo aumentamos las carencias mientras evolucionamos hacia el fin.
Mecida por la soledad, la mente se llena de vacío.
Nos atenaza el vértigo generado por la separación. Esa marcha ineludible pactada, implícitamente, de antemano. Porque habiendo partido hacia ningún lugar propio, culebrean nuestras entrañas al pensar quién nos añora y ansía regresarnos. Si nadie se siente morir tras nuestra marcha, para quién existimos y quién dará cuenta de nosotros en la despedida final, durante
Nada hay más terrorífico que la percepción de no existir, porque nadie sabe de tu presencia.
La muerte nos acoge, a veces lentamente, sin excepción en la más cruel de las soledades conocidas. Y poco sabemos de ese tiempo en que nuestro cuerpo se ha entregado a la desintegración plena, y nuestra mente con la conciencia clara se apercibe de ese desconocido, y por ello temido, final. Ya no cabe la
Hay quien demanda ayuda por el vértigo que siente ante su vacío abisal, y creyendo estar en el sitio y lugar apropiados, tras años de hurgar y haberlo hallado, alguien le espeta: “Yo no tengo la solución. El agujero es suyo”, aunque se precipita ese hábil interlocutor a aderezarlo enseguida, ya bulle en el
Los otros le dejaron un testamento en vida, y se encontró agazapada a un móvil, en una habitación de hospital, para llamar sin control a los tres que le restaron a final de sus días. ¿Tal vez recogemos lo que sembramos?
Si reclamara olas suavemente acaecidas de silencio, tan solo rogaría sosiego y descanso, nunca la marcha de nadie que se halla en su propio lugar. Los humanos, tan ignorantes, debemos aprehender el misterio de conjugar la soledad ineludible y acompañar a los que amamos. Resulta aparentemente una contradicción, ese es justamente el misterio que se