¿Es la psicología una ciencia?

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En pleno SXXI, con la capacidad de la razón como condición certera de progreso superada, la desmitificación de la ciencia como el saber perfecto y la intuición subsiguiente de que somos seres ínfimos, profundamente desconocidos para nosotros mismos, ha llegado quizás el momento de zafarnos del equívoco de que toda disciplina que no constituya una ciencia, según los estrictos requisitos positivistas, es una amalgama pseudocientífica y, por tanto, una insensatez prescindible.

Si la psicología se desprendiera, por centrarnos según mi criterio en el ejemplo más paradigmático, de los complejos que la han aquejado durante lustros, y que han provocado su tenaz empeño en construirse como un conocimiento  de naturaleza científica, seguramente hubiésemos avanzado más y mejor. Y esto porque la exigencia de las ciencias empíricas impone la existencia de hechos observables para que una disciplina pueda aspirar a ser ciencia -esto tan solo como punto de partida- Es evidente que de los únicos datos empíricos que los humanos disponemos sobre nosotros mismos es la conducta, y en este sentido la psicología más biologista tiende a estudiar al hombre -obviando la complejidad de éste como ser compuesto de un cerebro altamente desarrollado y un concepto inobservable directamente como la mente, cuya naturaleza desconocemos y si posee existencia o no es más que un constructo elaborado para la autocomprensión- basándose principalmente en su manifestación conductual a través de un supuesto método científico que no es más que una burda imitación del método de las ciencias fácticas.

Lo que cuestiono es algo tan obvio como la absurda pretensión de considerar ciencia algo cuyo objeto de estudio es difícilmente descriptible si no es por su conducta y remotamente predecible. Porque, ¿se han planteado esos psicólogos biologistas que nos dice el comportamiento humano sobre los contenidos mentales y cómo el entorno y la experiencia han ejercido un influjo destacado sobre ellos? Por mucho que intentemos conectar los estudios del cerebro con la conducta los avances son escasos y poco eficaces para el tratamiento de las enfermedades mentales, ya que la imprevisibilidad de la diversidad de reacciones por parte de los individuos humanos es casi tan alta como sujetos podemos contabilizar.

Así, entiendo que el primer paso es zafarse del complejo de que si no puede ser considerada una ciencia carece de valor y utilidad. Despojémonos de prejuicios añejos y trabajemos para una mayor comprensión del funcionamiento cerebral y de qué interacción tiene este con los denominados contenidos mentales que parecen ser la causa del mayor sufrimiento de las personas. De esta forma no solo dejaríamos de despreciar la teoría psicoanalítica –que por desconocimiento se identifica exclusivamente con Freud como el padre de esta disciplina- por ser una pseudociencia, en la medida en que no se ha sometido, tal vez por ser subversiva y una de las filosofías de la sospecha sobre los pilares de la cultura occidental, y aunaríamos fuerzas, conocimientos y experiencia en el desarrollo tanto de la psicología como de la psiquiatría para paliar el dolor y padecimiento de las personas, que aumentan en el presente, y que deben ser la prioridad de estas disciplinas,y no su prestigio social por ser consideradas ciencias o no.

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