Mientras la política sea un espectáculo –o un “sálvame de luxe”- la gestión de lo público, orientada al bien común, será un eco lejano innecesario para mantener el poder.
Autor: Ana de Lacalle
El hombre que no se halla a sí mismo, gesta sucedáneos que le eximen de la búsqueda.
El transhumanismo como doctrina que pretende disolver las divergencias entre lo natural y lo artificial, no es más que la manifestación de una voluntad de dominio sin fronteras, una excrecencia nihilista que habiendo perdido todo horizonte, encarna la versión más degradada de lo que Nietzsche consideró contrario a la vida y, por ende, inaceptable. Sería
Lo más valioso que unos padres pueden donar a sus hijos es una vida auténtica, que en consecuencia no culebree angustiada en los últimos instantes sino que se sustancie como una existencia lograda.
El advenimiento de circunstancias esperadas, no necesariamente minimiza el dolor que generan. En ocasiones, el pavor ante su pronta llegada desata reacciones histéricas que hacen del suceso una hipérbole indigesta.
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Las palabras dichas flotan cansinamente en el aire para quien quiera oír que oiga.
La voluntad política desnaturalizada es la que prescindió de su objetivo genuino: la organización social justa, en base a un contrato de cesión del ejercicio del libre albedrío individual a unas instituciones, que regularan el poder colectivo para el bien común. Hoy, la voluntad política es, principalmente, voluntad de poder para el beneficio de los
Si la realidad con su elasticidad, a veces inconcebible, no cede más, tendremos que reforzar los resortes para permanecer erguidos ante los márgenes de lo posible, impuesto.
No solo reverberan sucesos del pasado, pues con frecuencia el presente está saturado de ecos que interfieren y paralizan la voluntad de existir, sin más pretensión que sostenerse sin desesperos.