Los sueños son como cuentos gráficos que nos desvelan lo más inverosímil que, aún pareciéndolo, se halla como contenido pujante en nuestra mente. A menudo, nos quedan rastros difusos de imágenes asociadas a emociones, que contrastadas con nuestra experiencia, se nos antojan irreales e incluso contradictorias. Pero esto sucede con el suceso narrado en el
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Esa imagen caricaturesca que representa a nuestra conciencia, rodeada a cada lado por un demonio y un ángel emitiendo voces antagónicas, es sutilmente exculpatoria en la medida en que insinúa que el bien o, sobre todo, el mal de nuestro actos proviene de una presión externa a la que acabamos cediendo. Nuestra culpa es nuestra
Si el humano es solo un existente, su vida le pertenece en la medida en que no hay proyección ulterior, él dota de valor y sentido a ese hálito material y lo despoja del vivir sino lo considera digno.
Si el alma es lo real del humano, y no podemos constatar su presencia, somos una quimera insoslayable: acaso una necesidad espiritual que nos vincule a un dios, o un ansia de inmortalidad.
En el ingenuo candor de un infante riendo desde lo más hondo de sí, el mal queda aniquilado. No hay escena más bella, limpia y terapéutica que ésta, en un entorno tan deshumanizado, constituyen el último baluarte de una civilización despiadada y maligna.
Si nada sucede en vano, todo tiene causa y fin. Nosotros títeres sin voluntad real. Si nada sucede por algo, su causa es el azar sin propósito. Nosotros libres en un cosmos inmenso que desconocemos, con voluntad saturada de querer e imposibilitada de actuar. Somos hormigas en una ciénaga ignorada.
Amanece suave y lentamente, como cada día. Nada del mundo altera este devenir heraclitáneo, este ciclo de contrarios que, por ende, contiene en sí todo conflicto existente. De tal modo hay día, porque hubo noche; y bajo este parámetro dialéctico parece que debamos asumir que hay judíos reivindicando la ciudad de Jerusalén, porque de igual
Entre manosear y acariciar las palabras hallamos una compulsión a la escritura o una poética literaria. Por eso, “ni están todos los que son, ni son todos los que están”, porque la industria editorial ha difuminado la línea entre el burdo manoseo y el arrullo cándido.
Acaso el tiempo que transcurre entre el ayer en que queríamos detener la vida y el mañana, sea un embrujo vano e imaginario. Porque en estos lares todo cuanto percibo ha mantenido el ritmo acostumbrado, como si los que no existiéramos fuésemos nosotros ni nuestro absurdo hechizo de magia. Los símbolos no son más que
Si se comunica el advenimiento de una muerte certera y esta se va dilatando, con oscilaciones que originan una duda razonable sobre ese final, el duelo iniciado se cortocircuita, las emociones se tropiezan al circular en sentido contrario y empiezas a cuestionarte si es un sueño o si, como dijo Calderón, toda la vida es