Sucumbimos a la impronta de nuestras emociones y, al hacerlo, regresamos a la transparencia de la infancia, aunque la adultez no se avenga por compostura social a tal espontaneidad superlativa. Por ello, y para no ser unos inadaptados, nos apresuramos a plegarnos al postureo que exige nuestra “madurez” cediendo al raciocinio el mando de lo
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Calificar de fracaso un acontecer es siempre cometido del sujeto-agente. Porque lo que, a ojos ajenos, parece un revés puede revertir en el mayor logro vital de quien tiene potestad de enjuiciarse. Los otros son, en este sentido, sobrantes.
Un motivo es un acicate para la acción, sin el cual estaríamos desprovistos de voluntad y fuerza. Los motivos son, en consecuencia, causas que elegimos como fines. Sin este acto de decisión, nuestra condición perdería su unicidad.
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El narcisismo que terminar por coronar a un intelectual, no es más que el síntoma de la imperiosa urgencia de ser reconocido como tal: alguien con un rango superior a la mediocridad que ese sujeto desdeña con arrogancia. Así, toda potencia brota de una carencia previa, en el caso referido, la posibilidad de ser
Fluyen resonancias etéreas en un espacio impreciso, un rumor intenso y cansino desplazándose por doquier. Acaso sean efluvios que alojados en la interioridad del sujeto no responden a cuestiones desde parámetros externos. Es el sino del caracol humano.
La honestidad, virtud inherente a cualquier otra, no siempre es reconocida ni ponderada en el valor que posee. Exige un ingrediente de generosidad, autenticidad y descentramiento del yo, a fin de priorizar lo veraz por encima de cualquier interés particular. A menudo ser honesto perjudica, en la medida en que supone un desnudarse ante los