Servían cerveza hasta las cuatro de la madrugada y eso les permitía sustituir el día por la noche, una permutación sosegadora en circunstancias especiales. Dani vagaba orgulloso de su raro compañero nocturno que, aunque despertaba espanto y casi horror entre aquellos que lo observaban, podía presumir de ser diáfano, transparente y asumir una perspectiva de
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Podría ser calificado de pesimismo temerario, afirmar que existimos al límite del abismo. Sin embargo, puede entenderse que esta expresión es un reflejo de lo que, de facto, sucede en lo cotidiano. Dicho de otra forma, oscilamos entre una aparente “normalidad”, y de suyo cierto equilibrio, a estar ubicados en las antípodas: la desesperación en
Revisión de un texto breve publicado en setiembre de 2016 Si casi se deja de existir para los otros, entre indiferencias silenciosas, se es, por supuesto, pero apáticamente un alter ego. Se sostiene una identidad ubicada en el no-yo, amagando eso tan propio que los otros han ignorado como su alteridad y que exige, reclama
Si el color es una cualidad resultado de nuestra percepción –de ahí las discrepancias que suelen suscitarse- por tanto, mero aparecer del que no podemos predicar con rigurosidad ni su existencia, ¿no deberíamos establecer una distinción, no solo entre lo real o lo aparente, sino también entre lo aparente y lo existente? Es decir, de
Calificar de fracaso un acontecer es siempre cometido del sujeto-agente. Porque lo que, a ojos ajenos, parece un revés puede revertir en el mayor logro vital de quien tiene potestad de enjuiciarse. Los otros son, en este sentido, sobrantes.
No hay palabras para engalanar el atardecer, ni frases que luzcan su íntima presencia; privados, como estamos, de un lenguaje capaz de medirse con lo real, vivimos en un mundo cercenado por su apariencia.
Una sociedad esperpéntica, no es una mera apariencia falaz, sino el aparador más comercial de lo que realmente subyace.
La tentación de disponer de cuanto deseamos nos desdobla inexorablemente en lo que aparentamos y lo que ocultamos.
Ya que mediante los espejos nuestra imagen nos cuestiona ad infinitum, somos una sociedad de cristales transparentes.
La agitación ávida de las ideas, que se percuten cansina y fútilmente, es la absorción del caos inherente a lo externo que no se muestra, pero cuyo aparecer late evidenciando la deriva del constructo irracional humano.


