Clica para ver post de 2017 a través de Reconocimiento filosófico
Autor: Ana de Lacalle
Algunos jóvenes padecen el síndrome del desnortado. En especial, los que provienen de familias acomodadas que han proporcionado más de lo aconsejable a sus hijos. Este cuadro existencial –el del síndrome mencionado- consiste en, habiendo accedido prematuramente y sin esfuerzo a cuantos bienes materiales ofrece la sociedad de consumo, sentirse satisfecho materialmente y, por ende,
Quien da su vida por otros, aparece sinceramente disponible ante las necesidades ajenas, no como un mesías sino, como alguien compasivo y empático que se niega a vivir prescindiendo de las injusticias. Y es que, solo servimos de reparación a otro desde la humilde capacidad de padecer y sentir con él, por eso la com-pasión
Clica para ver post de 2015 a través de Posibilidad y paradojas
clica para ver post de 2017 a través de Sentido del humor
Juzgar la vida privada ajena demuestra o corta edad o un alto grado de inconsciencia o una superlativa hipocresía.
La melancolía latente, casi estructural, remite a la pérdida de algo amado que, siendo primario en su origen, constituía la sustancia de nuestro estar y existir. Así, el ánimo taciturno resurge, cansinamente, para recordarnos de dónde procedemos y cómo aumentamos las carencias mientras evolucionamos hacia el fin.
Hay encuentros que son azares con fortuna y, empecinadamente, se evidencian como destinos indisociables, por eso perduran como un vínculo engastado contra cualquier marea.
El odio es una emoción que no solo depositamos en el otro, sino que nos corroe y perfora como un cáncer hiperactivo. Así, aún no pudiendo evitar la aparición del sentimiento, deberíamos -egoistamente- doblegarlo para nuestra protección. Que algunos merezcan ser odiados no puede implicar la autodevastación.
A veces, cuando lo que consideramos verdad es indescifrable, mejor mantener un prudente silencio, no sea que el empeño de ser honestos nos lleve a faltar a lo genuinamente verdadero.