“Salir del armario” es una expresión despectiva que se ha utilizado durante demasiados años en este país. Lo paradójico es que ahora son otros los que ocupan esos armarios, quizás porque no existe en lugar alguno un auténtico sentido del uso de la libertad.
Autor: Ana de Lacalle
Decía Pascal, “nadie muere tan pobre que no deje algo tras de sí”. Cierto es que ni los desechados, como ratas, pasan por este mundo sin dejar huella. Esa es su riqueza, su legado, el rastro que dejan en el corazón de otro, tal vez tan despreciado como ellos. Lo desgarra magistralmente Vardan Tozija en
Veo un niño que, bajo amenazas demoniacas, protege con su vida a su hermano menor; y sin palabras verbalizo: he ahí un héroe superior.
Ojalá el desarraigo del aquí y ahora que tensa, sin elasticidad alguna, la sujeción ciega, fuera posible. Emerger desde la llanura de barro para recuperar la distancia precisa y necesaria.
Se ha extendido por doquier una crispación que no nos pertenece, que no se gestó del trato con lo ajeno, ya que por el contrario convivieron años elaborando una comprensión que acabó difuminando la otredad por motivos de origen. Los catalanes que vivían y convivían dialogaban y se respetaban incluso difiriendo en cuestiones políticas. Hay
Al no disponer de la sabiduría que permite ver los acontecimientos desde la auténtica trascendencia que tienen, restamos enredados en la intensidad de lo que sucede. Quien crea que se mantiene ajeno al transcurrir alterado y turbulento tal vez sea indiferente y no sabio, por eso sus divagaciones no se anuden con los hilos desgarrados
Sí tenemos miedo, al terrorismo armado y al ideológico, al de todos aquellos que quieren imponer su forma de ver el mundo pisoteando las diferencias. Y no a los que se manifiestan pacíficamente por las calles expresando su idea de nación o estado, sino de los dirigentes que sabemos –a estas alturas no pueden engañarnos-
Los lugares más sórdidos de cada sujeto se revelan ahí donde los límites tensan su siendo, es decir quien es de facto. En algunos se despierta una pasión desaforada por aquello en lo que cree, sin pausa; en otros la virtud de una bondad profunda que les lleva a lo relevante, sin perder más que
Hay reconocimientos Internacionales, como el Premio Nobel de la Paz, que a mi juicio hace años perdió todo prestigio y dignidad. Quizás porque ha sido otorgado más con criterios políticos que con criterios morales de merecimiento y justicia. Concedérselo a alguien que durante años ejerció como guerrillero terrorista como Nelson Mandela, cuyas acciones pudieron ser
Quien habla de justicia hoy, aparece como un cínico porque lamentablemente no se sabe ni por dónde empezar.