Los guiños de la vida son escasos, y, aun así, una buena parte de ellos los desdeñamos por percibirlos como farsas interesadas, o como mucho compasivas. Viviendo de este modo nos guarecemos de lo benéfico, tanto como de lo pernicioso, negándonos un mínimo de disfrute que nos conceda un arrebujo momentáneo para recomponernos y seguir;
Categoría: Anagramas
El Otro puede mutarse antagónicamente ante nuestra turbada mirada, oscilando peligrosamente de su ser benigno a una nebulosa impostura amenazante. Esta metamorfosis, a veces casi repentina, puede ser un delirio de nuestra mente atormentada o, aunque parezca extraño, ser el resultado fáctico de quien finge y olvida quién es ante cada otro con el que
Desembarazados de todo interrogante existencial, podemos transitar de puntillas por la vida protegidos por la ceguera y la frivolidad, como si danzáramos en volandas, abstraídos del miedo de rozar la realidad. Aunque, esta andadura huera nos confronte al final con la solidez del vivir al que, timoratos, hemos renunciado.
Se nos revela la fragilidad con un languidez especular que la evidencia, y ante lo obvio no cabe, siempre, rebuscar alternativas semánticas; acaso, porque reconocernos como seres endebles que pueden ser devastados, sin misericordia, por sucesos aparentemente irrelevantes, sea un gesto de humildad irrenunciable para asumir nuestra condición intrascendente.
Hay una cueva oculta, en un recodo cubierto de ramaje en el bosque, por donde ni los requiebros más sofisticados permiten el acceso a nadie ajeno, porque cualquier avispado que consiga aproximarse y tender la mano hacia el interior es expelido como una amenaza indeseable. Esta guarida se asemeja al foso interno de los desalojados,
Hay humanos con una capacidad muy agudizada para el fingimiento, la doblez, y ser antagónicamente uno, aunque parezca una imposibilidad. De esta manera desarrollan la astucia de mostrarse como uno u otro, según el contexto requiera, y con tal excelencia que nadie podría reconocer en ese individuo, el yo que se le ha ocultado, precisamente
El desarraigo de lugar alguno conlleva una cierta volatilidad del ser; como si encarnando nubes errantes careciéramos de sustentabilidad, y deambulamos mutándonos perpetuamente entre lo que en este instante parecemos y lo que aparentamos un ínfimo tiempo después. Nunca llegamos a pertenecer a nada, somos privación, negación, escasez…mero mostrarse y ausentarse en la vaporización trágica
Desde las vísceras acude solemne la impaciencia, esa necesidad de ver acontecer lo que sea, pero súbitamente y sin demora. De lo contrario, de la urgencia aflora una angustia tenue que se agudiza con la insoportable espera. Más vale saber, con premura, que ir gestando una desaprobación tardía. Sobre lo que ha de suceder tener
El otoño es un acervo del tiempo que, blanquecino o no, se instala irremisiblemente en nuestro cuerpo. Con el viento desapacible que trae consigo, nos otorga a su vez una mirada ocre y realista del recorrido vital. Quizás, nos tiritan las palabras pero no de miedo, sino de la convicción de que no hay certezas,
¿Hay infierno? Las vida que se despliegan en condiciones siempre adversas e inhumanas, a las que les sobrevienen, como losas gigantes, aconteceres que parecen tener entidad propia y les azotan sin miramiento, ni piedad alguna, durante años, a veces tantos como la vida misma, están habitando un infierno riguroso y único. Pero también, aquellas vidas