Aunque las conmemoraciones internacionales que se realizan dedicando una jornada en favor de una causa concreta son, a menudo, una pincelada más de la hipócrita contradicción que sostiene nuestra cultura, sería un despecho desperdiciar la atención mediática, a veces absolutamente escasa, que puede proporcionarnos, por ejemplo que la UNESCO haya establecido que el quince de
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Las disquisiciones filosóficas sobre el Ser, desde las más antiguas, muestran la trascendencia de poder identificar la entidad de lo que predicamos que es; Esto, en la actualidad, constituye la estrategia más eficaz para discernir entre lo que parecemos ser, porque así se nos exige, y lo que auténticamente somos. La clave reside en un
La indagación filosófica puede ser casi aséptica, o filtrada por la pasión del sujeto. A este último término, es decir, al soporte de las vivencias, sensaciones y representaciones del ser individual, se le atribuye un significado en el que prevalece esa función de sostén de la experiencia interna o externa, o bien se lo reduce
“Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo, y cuando ese tránsito es rápido aporta felicidad, desgracia cuando es lento. Por lo menos no se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo determinado, un abatimiento moral”
Quizás, si a un artista le extasía vivir una época vibrante de la creación estética, a un historiador le suceda algo semejante y desee vivir una revolución, como todas sangrienta, que cambie el estatus quo de su tiempo. A un filósofo, que merodea sustrayéndose del espacio y el tiempo no le extasían momentos volátiles, porque
La filosofía debe llegar a reconocer la ignorancia como acicate para indagar sin límites ni prejuicios; instalarse en la duda y, desde ella, sabotear con argumentos cualquier intento de dogmatismo.
¿Deberíamos proferir cánticos a la alegría? Sería una opción. Pero bajo la exigencia, desde la perspectiva de la filosofía, de estar ciegos o vendidos al mejor postor. No contemplo otras alternativas.
Los que concebimos la Filosofía como una forma de vida no podemos desapegarnos de esa actitud interrogativa que enerva a los que, siendo algo solidarios, creen acallar su conciencia. Y es que el filósofo –al que nos referimos- padece la culpa universal que le ha troceado la conciencia. Acaso sea esta carga la que le
Regresamos con tozudez, una y otra vez, al lugar gastado; indagando respuestas que nunca hallamos. Como mentes cuadriformes reseguimos los procesos del fracaso, tal vez con la creencia de que siempre erramos. Alternativamente, podríamos dudar de un procedimiento automatizado, modificar un ápice la perspectiva, flexibilizar la mente adoptando una forma ovalada –si tan necesario es
Ante la figura de un filósofo que destruye andamiajes fortificados, la reacción es el dogmatismo, síntoma inequívoco de las trampas encubiertas del sistema devastado.