Prever el advenimiento de tiempos peores ha sido juzgado como propio de pájaro de mal agüero. Aunque, actualmente sería prudente revisar el calificativo de quienes otean el horizonte y no auguran más que una decadencia empicada. Quizás no sean más que realistas honestos.
Categoría: Anagramas
Si las matemáticas, ciencia que nada nos dice sobre el mundo físico por ser una ciencia formal, es un saber admirado, ¿por qué no veneramos aquellos pretendidos conocimientos que se fijan como objeto comprender al hombre en su relación con el mundo? Será que no nos interesa en absoluto.
Ante la inquietud de una espera tal vez sin resultado, se arremolina la neblina del vapor imaginario de espectros malignos y el empecinamiento voluntario de expulsarlos de cuajo. Mas, ¿por qué hace aguardar quien conoce el abismo que genera? ¿Es una prueba de lealtad? ¿Una imposibilidad? O acaso ¿La espera sea en sí misma un
Observo manadas por la geografía mundial, no de animales, sino de personas revestidas y tratadas como animales. No pienso, se me obtura la mente. Ahora sí, reaccionan las neuronas. Recuerdo filmes sobre genocidios, como denuncia de lo que no debería suceder más. Vuelvo a mirar la pantalla. Dudo si no es otra película de
Si desmenuzamos exageradamente todo cuanto es objeto de nuestra reflexión, corremos el riesgo de perder la perspectiva unitaria e íntegra y en su contexto de eso que nos empeñamos en comprender. Quizás sea más apropiado no perdernos en disquisiciones que desarraiguen la cosa del mundo, o desembocaremos en teoréticos místicos que ascienden a las alturas,
Descreídos por los buenos augurios que se avecinan, rebuscamos la trampa y el cartón de esa realidad benévola. Ineptos ante treguas de semejante calibre nos invade la parestesia y una confusión mental que paraliza alguna posible respuesta.
Si exhortamos, a todo el que ose, a lidiar con las figuras más monstruosas que cobijamos, debe ser a fin de combatir ese fondo diabólico que nos sujeta, en potencia, a transformarnos en aspectos del mal descarnado. Cualquier otro fin carece de sentido, excepto que alguien desee retozar en el lecho con el maligno.
Es una labor artesanal saber manifestar al otro las necesidades propias sin caer en el reproche que culpabiliza; esa fina aguja discreta que sin ser detectada va penetrando espacios hasta culminar en una reprobación dañina. Para tal efecto, mejor el silencio de quien tal vez se lamenta por exigencia excesiva.
La culpa se asemeja a esas personas que, tras una aparente ingenuidad benigna, van lanzándote puyas como quien no se apercibe de lo puntiaguda de la palabra proferida.
El desamor es una angosta carretera de vuelta que carece de normatividad y reglas válidas. Mas, desvariemos como lo hagamos, nunca es eludible arrancar la piel de lo dado y recibido dejando un herida en carne viva.