Como mencionaba ayer, disfrutaré del privilegio, por necesidad tal vez, de unas largas vacaciones hasta setiembre. Todos necesitamos de un período de silencio público, en el que nuestras elucubraciones se despachen en la intimidad. Y, sobre todo de lectura sosegada, al desprendernos de otros compromisos autoimpuestos. Así me despido con una reflexión escrita hace tres
Categoría: Anagramas
No hay contradicción entre el lenguaje y el gesto, uno está sujeto al deber, el otro al querer, y como humanos mientras lo que deberíamos hacer pueda ser distinguido de lo que queremos hacer, el gesto espontáneo que brota de la voluntad oprimida será siempre el auténtico querer. ¡Qué vida más absurda la de aquel
Hay quien parece acopiar desgracias severas: por azar, sin voluntad ni intervención alguna, deviene un repudiado, aislado, eludido, apartado que deambula con conciencia, o sin ella, por ese patíbulo arbitrario. La conciencia le aportaría un sufrir inconsolable, la inconsciencia un sinsentido paralelo que le induciría a musitar incesantemente: ¿por qué?
Quiero que me sea explicado todo o nada. Y la razón es impotente ante ese grito del corazón. El mundo mismo, cuya significación única no comprendo, no es sino una inmensa irracionalidad. Si se pudiera decir una sola vez: “esto está claro”, todo se salvaría. Pero estos hombres proclaman a porfía que nada está claro,
Cuando franqueamos el límite de lo supuestamente aceptable, se genera un silencio cortante alrededor, y una quietud pétrea, porque nadie quiere ser confundido ni asociado con lo dicho. Eso que, por supuesto, nunca enuncian los que observan el mundo desde la cristalera corrediza de su despacho. Acaso porque son muy leídos, pero poco vividos y
“Mientras se vive sin alcanzar lo terrible, se hallan palabras para expresarlo en cuanto se lo conoce por dentro ya no se encuentra ninguna.” Del inconveniente de haber nacido. E.Cioran Será porque, mientras indagamos, presuponemos haber alcanzado lo que constituye la experiencia ajena; pero una vez asida y desgarrados, conocido lo terrible, constatamos que propiamente es
El gusto por “lo bello” es el regocijo de una sensibilidad indiscriminada que se reconoció degustando lo más ruin de lo dionisiaco. Huyamos de la estética como refinamiento, ya que quien gusta por su sensibilidad está expuesto a cualquier paladeo.
Parece que se exige a los filósofos ser héroes, elevarse sobre la podredumbre de la mediocridad social. Ser los sacerdotes de las sociedades laicas, sin celibato, sin supuesta felicidad ni conocimiento especial sobre ella –advertencia- sin pederastia, sin sueldo vitalicio, sin vivienda garantizada. Tan solo con la honestidad que exige el ejercicio de la filosofía,
“Como los grandes enemigos de la felicidad humana son dos, el dolor y el aburrimiento, la naturaleza también dio a los seres humanos una protección contra ambos: contra el dolor la alegría, y contra el aburrimiento, el espíritu. Sin embargo ambos no están emparentados, y en los grados más altos inclusos son incompatibles El genio
La calcificación del alma, que se deshidrató de llanto oculto, puede aparecer como insensibilidad ante lo que acontece en un mundo satanizado. Lo opuesto, la fragilidad casi enfermiza ante la amenaza de seguir soportando semejante infierno.