Ser prudentes no es solo una virtud, sino una exigencia adaptativa consistente en preservar un cierto grado de sospecha vital. Porque quien tantea lo que le rodea, para ponderar lo que sucede, debe poseer la habilidad de dudar de lo verosímil y ejercer un intenso escrutinio sobre lo que se muestra diáfano. Esta perspicacia previene
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La sensibilidad humana se satura de las tragedias que él mismo provoca. Existen, de hecho, situaciones de explotación, muerte, maltrato, inanición, que siendo estructurales, se convierten en el testimonio doloroso de una maldad inconcebible. Habiendo superado cualquier atisbo de idealismo, sabemos que no cesarán, porque son la condición necesaria para que los que vivimos en
Enfilamos un camino pantanoso, cuyos cenagales son sombras persecutorias de un dolor originario, ese pecado mítico con el que justificamos el mal, que es lo que se torna incomprensible. Acaso, invocamos a la culpa, surgida del deseo prohibido de conocer y liberarnos de la ignorancia, para legitimar la existencia de lo pernicioso como el merecido
Si no atendemos al tímido palpitar de un rostro que, sin palabra alguna, despliega poemas trágicos de un vivir que se inicia excesivamente crudo y agrio, ignoramos el principio del mal enredándose como una hiedra en las entrañas de los que vienen a ser, aunque el destino parezca negarles su posibilidad y devengan supervivientes en
La línea imaginaria que nos ayuda a discernir entre el bien y el mal es difusa, cambiante, discontinua. Aunque en ocasiones se muestra absolutamente diáfana e indiscutible: ningún niño debe sufrir maltrato ni morir de hambre, sea cual sea su origen o su pueblo. Aquí, esa línea es una exigencia que ojalá pudiese ser reconocida
Si exhortamos, a todo el que ose, a lidiar con las figuras más monstruosas que cobijamos, debe ser a fin de combatir ese fondo diabólico que nos sujeta, en potencia, a transformarnos en aspectos del mal descarnado. Cualquier otro fin carece de sentido, excepto que alguien desee retozar en el lecho con el maligno.
Hoy, día de los Inocentes para la cultura cristiana, debería ser un encumbramiento de los que auténticamente han padecido el mal sin merecerlo por gesto ni obra alguna. Pero, el vicio de tergiversar lo acontecido para ponerse al servicio del capital, lo ha transfigurado en una fiesta de mofa, burla y cinismo a costa del
No hay práctica más nociva que hundirse en el fango de lo más deleznablemente humano. Al extraer algo la mirada prefieres retornar a las profundidades de la inquietud existencial, que proseguir inundada de maldad.
La conciencia humana es, sin duda, el origen del mal.
El mal no siempre anida en la voluntad de los individuos, sino en la inconsciencia de la resultante de las acciones elegidas. Pero esa falta de noción de las consecuencias no puede eximir de responsabilidad, porque quien decide está obligado a conocer su opción.