Hay pálpitos que alertan, desde una prudencia temerosa, de lo errado y fallido. Algunos restan subsumidos al pavor y petrificados; otros se empoderan, ante la ventaja que concede el aviso, y hacen de la necesidad virtud, o en otros términos exprimen lo benéfico de lo inevitable.
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La voluntad se disfraza de un querer aceptado y loable. Pero, tras esa vestimenta algunos perciben intenciones de aumentar las expectativas y la exigencia. Aunque no sea así, y no ocurra más que una excitación de la hipersensibilidad en relación a los temores que conlleva la responsabilidad. Al fin y al cabo, unos quieren lo
La prudencia es buena compañera del sentido común, aunque en ocasiones juntas se tornan cobardía, legitimadoras de acciones u omisiones que no ocultan más que miedo.
A quien solo le acalla el miedo se difumina en la masa que se le antoja como un escudo protector. Aunque me temo que la tecnología ha roto en gran medida el anonimato.
Solo quien cree que pudiera haber un infierno para los auténticos culpables, es decir, aquellos de mala voluntad, temen morir. Los que viven con una conciencia reposada, aunque tal vez ignorados, o los que no creen en justicia cósmica alguna, sino en la simple transformación de la materia inerte, asumen que no hay infierno mayor
El escarceo reiterado, pero sin convicción, por rastrear el interior, es una agonía inútil.
Se ha extendido por doquier una crispación que no nos pertenece, que no se gestó del trato con lo ajeno, ya que por el contrario convivieron años elaborando una comprensión que acabó difuminando la otredad por motivos de origen. Los catalanes que vivían y convivían dialogaban y se respetaban incluso difiriendo en cuestiones políticas. Hay
Al no disponer de la sabiduría que permite ver los acontecimientos desde la auténtica trascendencia que tienen, restamos enredados en la intensidad de lo que sucede. Quien crea que se mantiene ajeno al transcurrir alterado y turbulento tal vez sea indiferente y no sabio, por eso sus divagaciones no se anuden con los hilos desgarrados
Los formalismos encubren el alma de una cordialidad educada, pero que como impostación social impide discernir la veracidad que guarda. Así, todo formalismo o encuadre preestablecido que oriente las relaciones humanes las enturbia de una nebulosa de ambivalencia que difícilmente permite vislumbrar hasta donde llegar el decoro y hasta donde la veracidad de lo manifestado.
El miedo al ridículo es el pavor más básico que expresa la inseguridad de no ser aceptado por no cubrir las expectativas del entorno. Se concreta es aspectos tan sencillos como no andar bien, no tener el tono de voz adecuado, parecer feo, no ser simpático o serlo en exceso, mostrarse tímido y no acertar