Si nos asomamos discretamente al pretérito, siempre anterior, vislumbramos entre una nebulosa espesa, claroscuros que se matizan paulatinamente hasta permitirnos identificar sucesos nítidos, imágenes fluctuantes que constituyen un relato. Este puede ser la reminiscencia de experiencias gratificantes o, bien, retrotraernos a momentos ácidos e hirientes. Sea cual sea la resultante de ese vistazo al pasado,
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Sabemos de los entresijos por los que atravesamos para hallar un lugar propio. Del tesón y la voluntad férrea que requiere esa búsqueda que presuponemos que tiene un final, en una estancia plácida y plástica en la que desplegar nuestro imprevisible devenir. Aunque, acaso en ese árido tránsito sospechemos que no hay lugar que nos
Aquello que se nos desvela por la fuerza de las pulsiones puede generarnos contradicciones, rechazo y autocensura que exigirá, por lo tanto, el esfuerzo de vivir, de resistir, como si nada supiéramos. Pero esta posibilidad no es más que una falacia apaciguadora que nos permite soportarnos y que se va desmoronando conforme esas pulsiones se
Las disquisiciones filosóficas sobre el Ser, desde las más antiguas, muestran la trascendencia de poder identificar la entidad de lo que predicamos que es; Esto, en la actualidad, constituye la estrategia más eficaz para discernir entre lo que parecemos ser, porque así se nos exige, y lo que auténticamente somos. La clave reside en un
“Pues lo que un hombre es por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad y nadie puede darle o arrebatarle es manifiestamente más importante para él que lo que pueda poseer o ser a ojos de los demás” Arthur Schopenhauer, Aforismos sobre la sabiduría de la vida, cap. 1 Lo más significativo de
No somos exactamente quien queremos, sino quien podemos. Este es el auténtico «principio de realidad».
Somos seres definidos por la carencia, que nos hace ser para no desintegrarnos, buscando la alteridad como si en ella se hallara nuestra falta.
Nunca dejamos de conjugarnos en gerundio, como un siendo, porque hay en nosotros tantos aspectos pendientes por atender, que solo el agotamiento nos indica el cese y lo que definitivamente somos: Verbos en presente, sustanciados y listos para el trayecto final.
Si no atendemos al tímido palpitar de un rostro que, sin palabra alguna, despliega poemas trágicos de un vivir que se inicia excesivamente crudo y agrio, ignoramos el principio del mal enredándose como una hiedra en las entrañas de los que vienen a ser, aunque el destino parezca negarles su posibilidad y devengan supervivientes en
“Solo podemos pensar el ser, el no-ser no puede ser pensado, ni conocido” rezaba Parménides con una lógica aplastante. Aunque no se apercibió tal vez que en el momento en que formulo lingüísticamente la imposibilidad de pensar el no-ser, estoy pensándolo, que no conociéndolo, por supuesto. Pero este descuido abre la vía de navegar