Ya que mediante los espejos nuestra imagen nos cuestiona ad infinitum, somos una sociedad de cristales transparentes.
Autor: Ana de Lacalle
La inquietud por entender y conocer nos lleva a resurgir del torbellino de la vida a la lectura reflexiva y viceversa. Un ir y venir continuo de lo oscuro a lo tenuemente conectado.
Cuando los dedos de las manos se asemejan a gusanos que culebrean desnortados y no hay casi margen de dominio sobre ese movimiento caprichoso, empezamos a alertarnos respecto de cuántos gestos realizamos sin intervención de nuestra voluntad, por aleteo azaroso de conexiones neuronales externamente moldeadas. Si es así, ¿dónde reside la libertad?
Quedarse sin “habla”, sin capacidad para decir nada ante lo observado, es una reacción genuina y espontánea que curiosamente traza rasgos significativos del individuo al que le sobreviene esta incapacidad. Los hechos que provocan este estado en el sujeto son relevantes porque no es, por supuesto, lo mismo perder el habla ante un regate espectacular
Hay malas hierbas que se infiltran tozudamente entre la yerbabuena para desvivirla y transformarla en ponzoña.
Barcelona, siendo uno de los objetivos prioritarios del Estado Islámico en estos momentos tal y como establece el video que difundieron tras los atentados, metaboliza el horror con una velocidad asombrosa. No más seguridad en los transportes públicos, ni en los grandes centros comerciales, ni en centros neurálgicos de la Ciudad. ¿Temerario el gobierno catalán,
La vejez es esa etapa en la que ya no hay reconocimiento posible de uno mismo, porque lo relevante es tan nimio que tan solo espera no haberse desvaído llegado el último hálito de la consciencia.
Hay un spot publicitario en el que aparece un individuo cuestionándose –lo cual ya es para quedarse perplejo- por qué a una bebida la denominamos así, si aún no está bebida. La pregunta remite a los usos y al sentido del lenguaje, y es aparentemente tan simple pero a su vez tan lógica que sería
Nadie puede dar lo que no tiene. Parece una verdad de Perogrullo. Pero quizás ocurre que constatamos haber inoculado en nuestros hijos aquello que creemos no poseer ¿de dónde procede ese recurso beneficioso? Diría que de esa íntima guarida protegida que nos permitió sobrevivir a nosotros mismos.
Vivimos una época doliente. En duelo perpetuo por la pérdida de un horizonte creíble, cuya legitimidad se base en el respeto de la vida humana, en toda su extensión, de una vida digna de humanos –aunque sea algo complejo el consenso al respecto- Esta ausencia, que fagocita voluntades y gestos en pro de la banalidad,