Necesitamos trastocar la alienante rutina para diluirla, como si fuese el rastro de un presente transitoriamente pulverizado. Amanecer en lechos ajenos, desperezarnos con el aire renovado de lugares flamantes que se infiltran por los poros del sentir gratamente estimulado. Necesitamos que la vida devenga reiteradamente excitante, para figurarnos una existencia desligada de las imposiciones, que
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Si el esfuerzo intensivo y supino no garantiza el fin anhelado, lo crucial deviene el grado de elasticidad de nuestros jóvenes para sostener un fracaso no obtenido por desidia. Que los parámetros por los que evaluamos la vida sean un supuesto “éxito” social, harto cuestionable, produce un dualismo, casi sustancial, entre los integrados triunfadores y
Desértica y deshabitada psique anegada de ausencia, plagada de muérdagos que insuflan el hálito residual que la sostiene, protegiéndose con sus púas de todo conato ajeno de arrimo, se aloja en el orco de los muertos vivientes. Rigurosamente, exenta de cuanto podría reparar su destierro, se ha aliado con la nada, condenándose a ser una
Los guiños de la vida son escasos, y, aun así, una buena parte de ellos los desdeñamos por percibirlos como farsas interesadas, o como mucho compasivas. Viviendo de este modo nos guarecemos de lo benéfico, tanto como de lo pernicioso, negándonos un mínimo de disfrute que nos conceda un arrebujo momentáneo para recomponernos y seguir;
El Otro puede mutarse antagónicamente ante nuestra turbada mirada, oscilando peligrosamente de su ser benigno a una nebulosa impostura amenazante. Esta metamorfosis, a veces casi repentina, puede ser un delirio de nuestra mente atormentada o, aunque parezca extraño, ser el resultado fáctico de quien finge y olvida quién es ante cada otro con el que
Desembarazados de todo interrogante existencial, podemos transitar de puntillas por la vida protegidos por la ceguera y la frivolidad, como si danzáramos en volandas, abstraídos del miedo de rozar la realidad. Aunque, esta andadura huera nos confronte al final con la solidez del vivir al que, timoratos, hemos renunciado.
Se nos revela la fragilidad con un languidez especular que la evidencia, y ante lo obvio no cabe, siempre, rebuscar alternativas semánticas; acaso, porque reconocernos como seres endebles que pueden ser devastados, sin misericordia, por sucesos aparentemente irrelevantes, sea un gesto de humildad irrenunciable para asumir nuestra condición intrascendente.
Hay una cueva oculta, en un recodo cubierto de ramaje en el bosque, por donde ni los requiebros más sofisticados permiten el acceso a nadie ajeno, porque cualquier avispado que consiga aproximarse y tender la mano hacia el interior es expelido como una amenaza indeseable. Esta guarida se asemeja al foso interno de los desalojados,
Hay humanos con una capacidad muy agudizada para el fingimiento, la doblez, y ser antagónicamente uno, aunque parezca una imposibilidad. De esta manera desarrollan la astucia de mostrarse como uno u otro, según el contexto requiera, y con tal excelencia que nadie podría reconocer en ese individuo, el yo que se le ha ocultado, precisamente
El desarraigo de lugar alguno conlleva una cierta volatilidad del ser; como si encarnando nubes errantes careciéramos de sustentabilidad, y deambulamos mutándonos perpetuamente entre lo que en este instante parecemos y lo que aparentamos un ínfimo tiempo después. Nunca llegamos a pertenecer a nada, somos privación, negación, escasez…mero mostrarse y ausentarse en la vaporización trágica