Lastrados por una historia, siempre ambigua y subjetiva, disertamos sobre una identidad difusa a la que nos aferramos, por pavor a no ser nadie. Así se sostienen individuos –no sujetos- grupos –no comunidades- y naciones que se elevan ya en su grado de abstracción a tal punto, que devienen un ente espiritual.
Categoría: Anagramas
Nunca fui persona de guardar “cosas”, ni por ende de símbolos. Me espesan las habitaciones llenas de objetos que nada significan. Siempre intuí, y esto es un acto emocional, que lo que cabe recordar se resguarda en la mente, fluido o rebujado, pero en el interior y en la intimidad que no queda expuesta a
“Estar convencido de lo que sea es una hazaña inusitada, casi milagrosa” Si Cioran en su obra “Desgarradura”-1979- escribía este aforismo, hoy constataría que los milagros existen, y que su cotidianidad los ha desnaturalizado de tal forma que, de facto, ya no existen los milagros.
Somos ínfimos y diminutos ante la enormidad de lo que al suceder nos desborda. Nosotros, arrogantes y vanidosos, presuponiendo que podíamos doblegar el mundo acabaremos centrifugados por el remolino de nuestra huracanada temeridad.
Sabemos que la ingenuidad derivada de la ignorancia es peligrosa, que la conciencia surgida del conocimiento puede ser perniciosa, que no hay posibilidad de estado intermedio entre la ignorar y el conocer. ¿Cómo reaccionar ante el infierno de esta humanidad que hemos gestado?
Te resguardas con más asiduidad en tu lecho, tu aliado y confidente. Él no guarda reproches oxidados, antes bien, es compasivo y ensalza la injusticia con la que te trató la vida. Fuera de él, el espejo de tu propia indiferencia y tu frialdad que ahora son las manos que te cuidan. Pero, a diferencia
Caen y decaen las hojas de un árbol robusto ante las andanadas de un otoño oscuro que no minimiza su vorágine tempestiva. Y es que las primaveras relucen en verano, pero no puede ignorarse que el ciclo estacional desluce el tiempo con días negros, fríos que desazonan los espíritus instalados en eternas primaveras.
Dice el refrán que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, pero ingenuos y, confusos por el tiempo interno, avanzamos la mañana para acelerar los días y con ellos los acontecimientos que deseamos descifrar con impaciencia. No hay mayor sufrir que la incertidumbre postergada reiteradamente, que no permite asentar el dolor sobre un motivo definido.
No caben largas disertaciones argumentadas dirigidas al entendimiento que parece haber sido derrotado. Porque cuando los motivos yacen en las emociones ni hay encuentro posible, si estas son contrapuestas, ni diálogo que como el término apunta es asunto del Logos, la palabra como pensamiento y posibilidad de la razón. Por ello, reclamar diálogo es acto
Siguen agrietándose costuras en tejidos fuertemente ribeteados. Una vez descompuestos, con las telas gastadas y los restos de los hilvanes antiguos ¿quedará lugar por donde zurdir nuevas costuras? O ¿no habrá más que retales sórdidos sin posibilidad de ser más que mero retazo?