La liberación sexual de los años ochenta en España convirtió a una generación en el caldo de cultivo apropiado para que el SIDA se convirtiera en una epidemia devastadora. Muchos se quedaron en el camino a causa de un virus desconocido pero que actuaba indiscriminadamente cercenando la vida de jóvenes que solo anhelaban cumplir el
Autor: Ana de Lacalle
Ayer leía una noticia en el Periódico que me dejaba estupefacta: en Londres, una mujer británica que había tenido un hijo fruto de una violación, iniciaba una campaña en las redes sociales para cambiar la ley que permite al susodicho energúmeno ejercer su derecho de paternidad. Parece que la imposición procede de una ley de
Volaste –y nunca mejor dicho- a Buenos Aires, aunque topaste con aires difíciles, muchos conglomerados burocráticos absurdos, otros relativos a las diferencias culturales, académicas…pero también personas acogedoras que facilitaron tu integración en aquel entorno ajeno. Al cabo del tiempo, te sientes allí convulsionado por el contacto con una forma apasionada de concebir la vida, unos
Somos, existiendo, sin saber cómo sostener esta extraña condición, en la que nos concebimos a zarpazos ondulantes, no alcanzando nunca un saber estar sereno. Y así culebreamos por el árido desierto de la ignorancia, con el sentimiento de no poder, verbalizándolo, pero siguiendo, a pesar de ser nosotros los que susurramos agónicamente no poder –como
Un reencuentro puede ser una dádiva que mitigue el dolor de rupturas bruscas e incomprensibles, de gestos del otro que no aprehendimos desde perspectiva alguna. También, puede devenir un esfuerzo de benevolencia por obviar parte de lo acontecido, cuando el otro ya no merece, quizás esos reproches que forcejean en nuestro interior, pero que enjuiciamos
La hipersensibilidad suele acompañarse de una capacidad empática desbordante. Esto, porque si la habilidad de sentir, incluso lo implícito e inconsciente que el otro nos transfiere, rebasa el umbral de lo que otros pueden captar, de igual forma ese exceso sensible permite compadecerse, o en términos más actuales, empatizar, es decir sufrir y sentir lo
Quien se deja arramblar por la desidia y la aflicción se petrifica en cuanto a la acción y se mortifica respecto del sentir de su estado. Cierto es que aquello que se precipita vertiginosamente sobre la condición vital parece insufrible, y a menudo lo es. Pero también, lo es, que sobrevenida la avalancha sobre la
Si el desafío electo constituye un dique inabordable, quizás erramos en el reto ambicionado, al relegar nuestra capacidad y habilidad al respecto.
La verdad, si la hubiere, no es aquello que ocultamos a voluntad para engañar o mentir, sino los motivos o razones inescrutables que dan cuenta del porqué de nuestras actitudes o acciones. Esto, atendiendo a que la mera descripción de hechos no constituye más que la manifestación de esos desencadenantes velados. Decirle a alguien, por
Se dan actualmente dos percepciones antagónicas que son consecuencia, tal vez de distancias generacionales, sobre los trastornos mentales. Estas visiones mencionadas oscilan de la estigmatización al romanticismo. Respecto de la primera, existen abundantes foros en los que se intenta desmontar este prejuicio mostrando a sujetos que padecen enfermedades mentales como individuos con vidas “normalizadas” e