Mientras el tiempo nos consume, restamos ignaros del desgaste que nos va disipando; hasta que súbitamente el espejo interior refleja un alma lacia cuyo devenir es la nada. Esto es la inconsciencia.
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En el eco de mis muertes aún hay miedo. ¿Sabes tú del miedo? sé del miedo cuando digo mi nombre. Es el miedo, el miedo con sombrero negro escondiendo ratas en mi sangre, o el miedo con labios muertos bebiendo mis deseos. Sí. En el eco de mis muertes aún hay miedo Alejandra Pizarnik
“No hay forma más dolorosa de sentir la irreversibilidad del tiempo que a través del remordimiento. Lo irreparable no es otra cosa que la interpretación moral de esa irreversibilidad. El mal nos desvela la sustancia demoníaca del tiempo; el bien, el potencial de eternidad del devenir. El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado.
“Polvo sois y en polvo convertiréis” reza el Eclesiastés. Y con las cenizas de quien amamos en una urna, sentimos un espeluznante y frío hormigueo recorriéndonos el cuerpo; mientras, prudentemente alejados de esa especie de ánfora, recordamos lo mínimos que somos y lo ínfimos que devenimos. Generados por un polvo, hechos polvo por los avatares
“¿No sería mejor dejar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que por derecho le corresponde, y sacar a relucir un poco más nuestra actitud inconsciente hacia ella, que hasta el presente hemos sofocado con tanto cuidado? No parece esto una gran conquista; más bien sería un retroceso en muchos
Si de súbito nos azota una pérdida, cual tsunami devastador y encarnizado, solo resta porfiar; obstinados y aferrados a la convicción de que podemos proseguir la vida. Pero ¿Qué vida es esa que lacerante nos desalma, descuajándonos doblemente y nos expele a una escupidera putrefacta? Pues, o bien una vida en toda su profunda polaridad
Quien cree morir de éxito, o se regocija en el espejismo de su hazaña o bien vislumbra la cumbre del abismo hacia el que se precipita. La expresión –utilizada a menudo en el ámbito empresarial- presupone que hay una culminación, una cumbre, un máximo al que puede llegarse; una vez allí, acaso debieran preguntarse en
El fino filo sedoso que une vida y muerte debería conducirnos a la certeza de que aquello que postergue hoy, quizás no pueda ser zanjado mañana. Porque la ligereza que tenuemente vincula nuestra condición de ser puede diluirse abruptamente, sin previo aviso; como se despluman las aves mudando su plumaje, sin que en nuestro caso
Todos estamos en el corredor de la muerte. Unos lo saben, porque se deslizan encerrados en cubículos por esa cinta automática que nos transporta. Otros carecen de la conciencia de que nacer no es más que empezar a morir, una cuenta atrás, ya que a la vez que se crea vida se destruye. Avanzamos en
Se evaporó enredada en una breve agonía o, tal vez, dormitaba semi-inconsciente en una espesa neblina. Sola, sin que nadie pudiera aventurar que la parca se había infiltrado sigilosa en su guarida final. Nunca podremos escudriñar cómo aconteció esa partida que a todos nos aguarda, y ese ignorar cómo fue devorada nos late a instantes,








