Fracasar es parecido a morirse: te libera tanto como morirte, solo que te deja la conciencia necesaria para disfrutar de esa liviandad, de esa falta de necesidad que tienen los muertos. Y te da la posibilidad de estirar hasta lo indecible tus últimas palabras. (…)Quizá deba llevar la coherencia de la frase hasta su fin
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El insomne es como un vagabundo sin lugar, ni tiempo, quebrando los ritmos establecidos y ortodoxos. Su mente no gestiona la necesidad de lo externo, sino la vivacidad de las ansiedades que se desprenden de la ignorancia que le atemoriza. Los requiebros que forzadamente dibuja con el cuerpo, para catarsis del alma, al repensar inquietantemente
Somos, existiendo, sin saber cómo sostener esta extraña condición, en la que nos concebimos a zarpazos ondulantes, no alcanzando nunca un saber estar sereno. Y así culebreamos por el árido desierto de la ignorancia, con el sentimiento de no poder, verbalizándolo, pero siguiendo, a pesar de ser nosotros los que susurramos agónicamente no poder –como
¿Hay infierno? Las vida que se despliegan en condiciones siempre adversas e inhumanas, a las que les sobrevienen, como losas gigantes, aconteceres que parecen tener entidad propia y les azotan sin miramiento, ni piedad alguna, durante años, a veces tantos como la vida misma, están habitando un infierno riguroso y único. Pero también, aquellas vidas
La muerte es la sombra que todos proyectamos como una silueta inocente, cuando nos ilumina un haz de luz. Convencidos de que estamos antes un fenómeno óptico, la arrastramos sin conciencia de que lo mostrado es la penumbra diluyéndose de la vida. Irónicamente, y a pesar de estar acosados por la posibilidad de desaparecer, nos
La sensibilidad humana se satura de las tragedias que él mismo provoca. Existen, de hecho, situaciones de explotación, muerte, maltrato, inanición, que siendo estructurales, se convierten en el testimonio doloroso de una maldad inconcebible. Habiendo superado cualquier atisbo de idealismo, sabemos que no cesarán, porque son la condición necesaria para que los que vivimos en
Cuando sospechamos que nuestros días finalizan, y pensar en morir nos desencadena un pánico exacerbado, tal vez sea legítimo el derecho a la ignorancia y realizar ese tránsito sin ninguna conciencia. Y descansar en paz. Como decía Epicuro la muerte es una de las principales causas de angustia, aunque se esforzara el pensador griego en
Resistirse a la exigencia de ser el báculo urgente de quien entra en pánico en el lecho que anuncia el final, puede no ser un gesto de indiferencia egocéntrica sino la última tensión y gesto de supervivencia de una larga historia esperpéntica.
La muerte nos acoge, a veces lentamente, sin excepción en la más cruel de las soledades conocidas. Y poco sabemos de ese tiempo en que nuestro cuerpo se ha entregado a la desintegración plena, y nuestra mente con la conciencia clara se apercibe de ese desconocido, y por ello temido, final. Ya no cabe la
Hallarse en la encrucijada, reducida por la cotidianidad a gestos banales, de conceder un perdón no demandado, o sostener el estoicismo ante quien parece reclamar afecto, sin apercibirse de que recurre a las piedras que gestó, es el calvario pertinente de quien permanece acompañando en la muerte a un ser egocéntricamente enfermo, insensible o quizás