“Guardemos en lo más profundo de nosotros una certeza superior a todas las otras: la vida no tiene sentido, no puede tenerlo. Deberíamos matarnos inmediatamente si una revelación imprevista nos persuadiese de lo contrario. Si desapareciese el aire, aún respiraríamos; pero nos ahogaríamos en cuanto se nos quitase el gozo de la inanidad.” Cioran, E.
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La película danesa “Nada” dirigida por Trine Piil Christensen y Seamus McNally, es una alegoría sobre la sociedad de nuestro tiempo en la que nada parece tener sentido, nada parece importar y en consecuencia todo parece igual. O eso es lo que el adolescente, que sirve de inicio de la trama, expresa y manifiesta subiéndose
Todo se muestra raro, irreconocible. Nada parece ocupar su lugar, ese que le pertenece y sin el cual no sería lo que es. El lugar no es un locus físico, sino el enlace en la red de relaciones sociales que, aun siendo mutable y cambiante, constituye un aspecto de lo que cada cosa es. Nos
Hemos ido caminando por una ladera agreste y escarpada, ya que toda comprensión es perspectiva o «ladera» propia, y, desafiando a Sísifo, nos hemos mantenido estables en un cierto nivel de la subida, con retrocesos y avances, pero equilibrados. Con una carga pesada que yo llevaba en la espalda y tú aguantabas. Lastre más liviano
Hace días en un acto, al que ya he hecho referencia en el blog, al que acudí a escuchar a Joan Carles Mèlich, éste afirmó, con convicción como de soslayo, que “el vacío y la nada no son lo mismo”. La cuestión, desde entonces, va pululando y acudiendo con insistencia a mi mente. De entrada,
Tal vez, cuanto sucede en el mundo nos sobrepasa, formándose una red caótica de disparidades, fenómenos aislados que somos incapaces de interconectar. Sin posibilidad de establecer un cierto hilo conductor que dé cuenta del acontecer, somos como zombis que deambulan buscando quiénes eran y quiénes son ahora. Podemos admitir que no hay conceptualización que no
Zascandileamos por el mundo, así como lo hacemos por nuestra propia existencia; no con la voluntad de enredar ni inquietar a los otros, sino en mera sintonía con el caos sistémico e interior del individuo en estos tiempos que parecen no transcurrir más que para reiterarse. Somos la reverberación de un sinsentido: una nada endémica.
El humano es la quiebra de la arrogancia, como entes sometidos a ese mundo que anhelamos dominar, acabamos siendo carencia porque nada nos satisface. Desatendiendo a los propios límites, el fracaso nos atiza con un látigo de realismo para que nos reconozcamos nimios, insignificantes vivientes que bracean por no hundirse en la nada; esa que
“Polvo sois y en polvo convertiréis” reza el Eclesiastés. Y con las cenizas de quien amamos en una urna, sentimos un espeluznante y frío hormigueo recorriéndonos el cuerpo; mientras, prudentemente alejados de esa especie de ánfora, recordamos lo mínimos que somos y lo ínfimos que devenimos. Generados por un polvo, hechos polvo por los avatares
Dicen –estoy segura de que parte de lo que voy a formular emerge de la amalgama de lecturas diversas- que si solo hay mismidad, si no hay diferencia, si hay un TODO, las cosas se disuelven al fusionarse unas con otras y no poder diferenciar nada; por ello, allí donde hay un Todo en última









