Si solo el asomo de una cierta distancia perturba a alguien con una vorágine emocional que lo ningunea, algún recodo interno siente el vacío de la lejanía anunciada, y hay que indagar qué daño vital le incapacitó para metabolizar cualquier amago de separación.
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Cuando la desesperación se apodera del negruzco horizonte, se asenderea el abismo que no es vía alguna transitable, sino la inmaterialidad incomprensible que se revela como el vacío más punzante. Ubicados en ese casi letal laberinto mental no nos queda más que entregarnos a la abisal realidad o lograr amortiguar con lenitivos y engaños ese
El debate, abierto hace ya tiempo, respecto a cómo iban a transformar las redes sociales las formas de vinculación directa y en vivo entre los individuos va despuntando horizontes que no coinciden exactamente con las prospecciones de las que se había alertado. Parece ser que la sociedad basada en el hiperconsumo, junto con la extensión
“He vivido tan poco que tengo tendencia a pensar que no voy a morir; parece inverosímil que una vida una humana se reduzca a tan poca cosa; uno se imagina, a su pesar, que algo va a ocurrir tarde o temprano. Craso error. Una vida puede muy bien ser vacía y a la vez breve.
La cuestión crucial sobre cómo se gestionan las pérdidas puede resultar un absurdo, si atendemos al hecho de que el hueco vacío, de quien o lo que ya no está, no puede ser más que sufrido. Sugerir que el tiempo desvanece la nada arraigada en nuestro interior es desmerecer la misma pérdida. También podríamos aproximarnos
Algunos jóvenes padecen el síndrome del desnortado. En especial, los que provienen de familias acomodadas que han proporcionado más de lo aconsejable a sus hijos. Este cuadro existencial –el del síndrome mencionado- consiste en, habiendo accedido prematuramente y sin esfuerzo a cuantos bienes materiales ofrece la sociedad de consumo, sentirse satisfecho materialmente y, por ende,
Mecida por la soledad, la mente se llena de vacío.
Qué distancia reiterada, causa añeja de la nada interior, que rezuma el mismo agrio rumor exigiendo una entereza ajena, a quien más debilitado está. Qué burda repetición del pavor inapropiado por parte de quien debe sustentar y sostener al ya malogrado emocional. Sin reparación, ni sostén posible se amplía el vacío que desemboca en el
“Solo podemos pensar el ser, el no-ser no puede ser pensado, ni conocido” rezaba Parménides con una lógica aplastante. Aunque no se apercibió tal vez que en el momento en que formulo lingüísticamente la imposibilidad de pensar el no-ser, estoy pensándolo, que no conociéndolo, por supuesto. Pero este descuido abre la vía de navegar
Hay quien demanda ayuda por el vértigo que siente ante su vacío abisal, y creyendo estar en el sitio y lugar apropiados, tras años de hurgar y haberlo hallado, alguien le espeta: “Yo no tengo la solución. El agujero es suyo”, aunque se precipita ese hábil interlocutor a aderezarlo enseguida, ya bulle en el