Tras una amalgama de turbulencias, entre intuidas unas y otras no, vadeamos angustiados y abatidos por tierras movedizas que se obcecan en engullirnos, como si de larvas nimias y míseras se tratase. Obedecemos a un impulso de supervivencia que nos induce a la esperanza de resultar indemnes, pero la experiencia vital, en contraposición con esa
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Balbuceos sordos de quienes yacen presos de la indiferencia, real o sentida; gemidos desmenuzados, casi aullidos de dolor que no convocan presencia alguna, tan solo la posibilidad de que el aislado se desplace y surja. Ese gesto que, precisamente, está incapacitado para hacer cuando su reacción es ese agudo llanto, sollozo o intento de barboteo.
Quien se halla recluido en el horadado vacío interior, percibe el agrio y ácido sabor de la soledad. Esa gruta donde la oscuridad resta minimizada por la ausencia absoluta y la evidencia del necesario soporte propio genera pánico, inseguridad. Así podemos recurrir al auxilio de quien desde fuera nos fortalezca y nos proteja de nosotros
El carnaval es la catarsis postmoderna. Nos otorga la posibilidad de desenmascararnos, paradójicamente, y mostrar lo más genuino y autentico que estamos exigidos a ocultar, porque bajo el embrujo del disfraz nos hallamos legitimados a ser, sin prejuicio ni juicio. Así, un adolescente que se disfraza del hombre verde -Hulk o la Masa- está vertiendo
El tiempo acaba deviniendo el fluir de nuestra existencia, como si no fuese más que una cualidad que nos pertenece. Ignoramos, o actuamos como si, no nos trascendiera su discurrir y declinara con nuestra decadencia. Esta apropiación de lo temporal es una manifestación más del egocentrismo humano, que excede el hecho de que conozcamos el
Los senderos encubiertos, que no se avienen con la ruta de la ortodoxia cultural, deberían ser rastreados con el digno propósito de generar su aparecer. Una vez mostrados pueden ser escudriñados y posteriormente surcados o no. Pero lo que no cabe es una ortodoxia borreguil que nos ningunea, nos anula, nos difumina hasta la extinción.
Desahuciados por la inanidad acomodada como una epidermis propia, respiramos por respirar, con una inercia vegetativa que nos mantiene aquí; casi como estoicos insensibles al acontecer: apáticos, indolentes, desidiosos. Así, per, permanecemos sin vivir, como un cántico a la ausencia que nos ampara. Quizás, resurjamos un día para perecer con la absoluta convicción de que
La nebulosa onírica, que como fulgores oculares atisbamos como una reminiscencia resistente, advierte de angustias y desesperos que moldean nuestro sentir, a menudo indiscernible. El vano afán de retener y delinear esos breves y escuetos destellos nos abruma, porque donde hay voluntad de nitidez y veracidad, junto con la impotencia de ese vago recuerdo, se
Verdear el horizonte es un deseo inconsciente, una reminiscencia ancestral que como un renuevo pulsa por emerger con consistencia. Pero, no hay posibilidad ya, desfondados por un presente crudo y realista, de rebrotes falaces que solamente devienen lenitivos para sostener lo insoportable. Serpenteando por el ámbito de lo infausto, nos resta la fortaleza para rescatarnos
Hay un gesto último, una mirada final que ruega no ser esquivada, un legado de despedida para los que nos acompañan junto al umbral de la existencia; en ese tránsito desconocido al no-ser. Quizás merezcan una dádiva de ternura y compasión, ese póstumo ademán que velará su duelo ante nuestra partida y que será la