Que la vida nos otorgue oasis es como recibir un mensaje divino que exhorte: “Carpe diem”, que según la frase de Horacio – “carpe diem quam minimum credula postero”- nos invita a cosechar el día, a vivir intensamente el presente sin fiarnos o esperar al futuro. Esta máxima anima a no desperdiciar el tiempo en
Categoría: Anagramas
El acontecer, como lo nítidamente acuciante que han causado otros por mala voluntad, no permite el olvido y, sin éste no es veraz el perdón dado ni público, ni privadamente. Quizás porque sin posibilidad de olvidar no hay reparación del dolor, y mientras el sufrir yace sumido en el llanto ¿cómo absolver a los culpables?
Quien da su vida por otros, aparece sinceramente disponible ante las necesidades ajenas, no como un mesías sino, como alguien compasivo y empático que se niega a vivir prescindiendo de las injusticias. Y es que, solo servimos de reparación a otro desde la humilde capacidad de padecer y sentir con él, por eso la com-pasión
La melancolía latente, casi estructural, remite a la pérdida de algo amado que, siendo primario en su origen, constituía la sustancia de nuestro estar y existir. Así, el ánimo taciturno resurge, cansinamente, para recordarnos de dónde procedemos y cómo aumentamos las carencias mientras evolucionamos hacia el fin.
El odio es una emoción que no solo depositamos en el otro, sino que nos corroe y perfora como un cáncer hiperactivo. Así, aún no pudiendo evitar la aparición del sentimiento, deberíamos -egoistamente- doblegarlo para nuestra protección. Que algunos merezcan ser odiados no puede implicar la autodevastación.
Nos aferramos a las costumbres con un delirio de adivinación, es decir, creyendo que la rutina nos permitirá prever los acontecimientos. Así, los hábitos nos proporcionan una seguridad falaz que deviene fallida cuando el acontecer se expresa con toda su crudeza.
Quien siendo hija es además madre se ubica en la encrucijada de crear una figura singular que, sintetizando lo bueno acogido y rectificando los fallidos gestos, sea capaz de dar lo justo y no excederse en evitar a sus hijos el daño. La complejidad es exponencial cuando la vivencia de lo parental es la ambigüedad
Cansados y hastiados ya, de vagar por un terreno baldío, hemos echado al vuelo de la disolución quimeras y utopías. Andamos hoy, en suelo firme sometiéndonos, lo admitamos o no, al imperativo de la ley del más “fuerte”, es decir, del que poseyendo poder económico dicta cualquier otra norma “ad hoc”. Nuestra pasividad efectiva es
La pretensión de fundamentar objetivamente una moral, tropieza con la heterogeneidad de las capacidades humanas cognitivas, que no proceden de manera unívoca. Y son éstas la única base para justificar toda posible verdad, desde que hemos admitido como incognoscible todo aquello que trasciende nuestra sensibilidad perceptiva. Así, no haya quizás otro camino que el consenso
La fragilidad es una sombra extensa que nos alerta con su presencia de la escasa consistencia que posee una existencia que se agota en su propio perímetro. Estamos sujetos a decaer por la debilidad que nos genera la falta de motivos, individuos de alambre moldeable por avatares externos.