Mientras nos deslizamos por un terreno resbaladizo, somos arramblados sin gesto ni voluntad. Porque, allí donde es la superficie la que nos arrastra, devenimos marionetas sin halo ni capacidad. Apremia, en consecuencia, una eclosión de lo que denominamos sujeto: ente con voluntad propia que decide, actúa y se desembaraza de las ondulaciones del ámbito externo
Categoría: Anagramas
Una embestida a traición, mientras mis dedos resiguen las líneas de tinta vertidas por un espíritu ávido de rastrear lo grisáceo. Azarada y temerosa por la imposibilidad inmediata de identificar la razón de semejante acometida, me desprendo del tesoro escrito precipitándolo a su fortuna o su infortunio. Erecta y con el radar de la vista
Engalanados de ornamentos normativos, ratificados como tales por aquellos que se hallan sujetos a esas parafernalias, creemos consolidar proyectos comunes y compartidos. Craso error y fuente de confusión cuando las adhesiones a esos planes son absolutamente dispares y desequilibradas, porque la dedicación, el esfuerzo es desigual y, por ende, la implicación emocional también. Reaccionamos entonces,
Desnutrirnos de desafecto, ignorancia e indiferencia es semejante a horadar una concavidad destinada a ser una siniestra oquedad sin culminación posible. Un algo gestado para la vacuidad, cuyo horizonte es ser absorbido sin condescendencia, por súplicas o ruegos, hasta devenir aquello que, de entrada, condicionó y posibilitó su leve estar. El tremebundo acto de asumirnos
Si de súbito nos azota una pérdida, cual tsunami devastador y encarnizado, solo resta porfiar; obstinados y aferrados a la convicción de que podemos proseguir la vida. Pero ¿Qué vida es esa que lacerante nos desalma, descuajándonos doblemente y nos expele a una escupidera putrefacta? Pues, o bien una vida en toda su profunda polaridad
Se encoge cuanto nos constituye evaporándose, como una fumarada abrupta, súbita, inesperada. Ese vaho va trashumando tenuemente, con firmeza. No es un gesto, ni un requiebro equívoco para ladearnos y culminar sorpresivamente aduciendo que no era más que una chanza. Es el acontecer mismo, lo único que propiamente nos pertenecía –aunque lo ignorábamos-, imbricado en
Dicen –estoy segura de que parte de lo que voy a formular emerge de la amalgama de lecturas diversas- que si solo hay mismidad, si no hay diferencia, si hay un TODO, las cosas se disuelven al fusionarse unas con otras y no poder diferenciar nada; por ello, allí donde hay un Todo en última
Quien se fortifica deviene un individuo centrifugado en su ego y, probablemente, muy selectivo en el trato social. De entrada podríamos pensar que esta posición es una repulsión narcisista, que enalteciéndose a sí mismo desprecia lo otro. Pero, quizás erraríamos sin apercibirnos de que el narcisista precisa del reconocimiento ajeno para sustanciarse, motivo por el
El cansancio que se aferra al estado de normalidad, abatiéndonos y postrándonos como seres incapaces casi de movilidad, se gesta en el transcurso de una cotidianidad anodina que nubla el qué y el porqué de la existencia. No se requiere magnos sucesos que nos noqueen; al contrario, lo que nos carcome es la insulsez de
Si escribiendo una novela te tropiezas con un escollo del que no puedes zafarte con maestría; es decir, generando una metáfora que dote de contenido simbólico lo narrado -más allá de la literalidad del texto-, permanece, regodéate en el transcurrir de un tiempo que la vida necesita para que puedas ver y mirar esa sustancialidad









