La mentira es un enunciado falso e intencionado. Quien, fruto de su voluntad, dice lo que no es de lo que es, como si lo fuera, pervierte el acontecer para doblegarlo a su interés o urgencia. Algunos desarrollan una inclinación a lo falaz por la fuerza de la costumbre, llegando inclusive a confundir lo ocurrido
Categoría: Anagramas
El Bien como absoluto quedó diluido en lo existente. Lo factible se muestra sometido a la perspectiva del sujeto que enjuicia y, de esa forma, lo bueno deviene un valor relativo. Si, además, no concebimos distancia alguna entre lo dado y lo real, todo absoluto se desintegra al ser únicamente algo que se percibe del
Arrullados por un atardecer conmensurable, renacemos, como el ave fénix, de las cenizas derivadas de la incineración existencial. Nada se nos antojaba posible y, finalmente, lo más anhelado devino real. Renegamos de esperanzas fútiles para resistir y persistir, por ello, desde el pesimismo realista detectamos con una fina sensibilidad lo que despunta por inusitado y
Que la vida nos otorgue oasis es como recibir un mensaje divino que exhorte: “Carpe diem”, que según la frase de Horacio – “carpe diem quam minimum credula postero”- nos invita a cosechar el día, a vivir intensamente el presente sin fiarnos o esperar al futuro. Esta máxima anima a no desperdiciar el tiempo en
El acontecer, como lo nítidamente acuciante que han causado otros por mala voluntad, no permite el olvido y, sin éste no es veraz el perdón dado ni público, ni privadamente. Quizás porque sin posibilidad de olvidar no hay reparación del dolor, y mientras el sufrir yace sumido en el llanto ¿cómo absolver a los culpables?
Quien da su vida por otros, aparece sinceramente disponible ante las necesidades ajenas, no como un mesías sino, como alguien compasivo y empático que se niega a vivir prescindiendo de las injusticias. Y es que, solo servimos de reparación a otro desde la humilde capacidad de padecer y sentir con él, por eso la com-pasión
La melancolía latente, casi estructural, remite a la pérdida de algo amado que, siendo primario en su origen, constituía la sustancia de nuestro estar y existir. Así, el ánimo taciturno resurge, cansinamente, para recordarnos de dónde procedemos y cómo aumentamos las carencias mientras evolucionamos hacia el fin.
El odio es una emoción que no solo depositamos en el otro, sino que nos corroe y perfora como un cáncer hiperactivo. Así, aún no pudiendo evitar la aparición del sentimiento, deberíamos -egoistamente- doblegarlo para nuestra protección. Que algunos merezcan ser odiados no puede implicar la autodevastación.
Nos aferramos a las costumbres con un delirio de adivinación, es decir, creyendo que la rutina nos permitirá prever los acontecimientos. Así, los hábitos nos proporcionan una seguridad falaz que deviene fallida cuando el acontecer se expresa con toda su crudeza.
Quien siendo hija es además madre se ubica en la encrucijada de crear una figura singular que, sintetizando lo bueno acogido y rectificando los fallidos gestos, sea capaz de dar lo justo y no excederse en evitar a sus hijos el daño. La complejidad es exponencial cuando la vivencia de lo parental es la ambigüedad