Maldecimos la existencia que impía nos apremia a vivir, no parasitar. Y este requerimiento del que nos lamentamos nos muestra, quizás ambiguamente, como seres carentes de la voluntad, del denuedo inapelable para concluir la única alternativa que nos dignifica ¿Qué sentido tiene pues, denegar el deseo de morir a quien no puede culminar una existencia
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La pretensión de fundamentar objetivamente una moral, tropieza con la heterogeneidad de las capacidades humanas cognitivas, que no proceden de manera unívoca. Y son éstas la única base para justificar toda posible verdad, desde que hemos admitido como incognoscible todo aquello que trasciende nuestra sensibilidad perceptiva. Así, no haya quizás otro camino que el consenso
Quien renuncia a desear se entierra lentamente en la desesperanza y la nada, porque los deseos son impulsos vitales que nos hacen sentirnos y querernos vivos para la consecución de lo anhelado. Si nos avezamos a la renuncia moralista –en ocasiones nada sustentada éticamente- vamos adentrándonos en la caverna donde aguardan los despedazados.
El término “vicio” se ha asociado a prácticas reprobables moralmente, que con el tiempo se han considerado patologías, como son el caso del alcoholismo, la drogadicción y la ludopatía. Este enjuiciamiento moral se producía en una sociedad organizada de forma tradicional y en base a un patrón religioso que regulaba la conducta social con normas
Si Pitágoras ya vislumbró en su teorema sobre el triángulo rectángulo una relación de proporcionalidad, fue porque debería por justicia y armonía reinar tal equivalencia en el mundo, como microcosmos. Pero, más allá de las teorías matemáticas o geométricas, de tantos, ni observamos proporcionalidad, ni equivalencias, ni por tanto justicia alguna, porque hace ya que
En cuestiones morales, lo normativo como medio coercitivo no es más que un canto a la hipocresía, ya que de su incumplimiento no se deriva más que un “sálvame Deluxe” para el ocio de los chismosos allegados, y sin allegar.
Lo políticamente correcto referido a les acciones abarca todo aquel comportamiento coherente con el discurso que mayoritariamente sostiene la opinión pública. Son acciones evidentemente reconocidas como válidas, al margen de su naturaleza legal o moral. Lo que se sanciona es su conveniencia, su adecuación al contexto. Así, puede validarse el secuestro de los propios hijos,
Si todo es perfectible, la perfección es un infinito hacia el que tiende la naturaleza de las cosas, lo cual desde una perspectiva ontológica sería como reconocer que el ser no es nunca plenamente lo que es, que la realidad es dinámica, que Platón se equivocó y que Heráclito fue el gran sabio al que
Carentes de la osadía de la veracidad, transitamos chapoteando para no sucumbir a un lodazal insuperable. Así creemos vivir con cierta dignidad, porque escondidos tras la ambigüedad de las medias acciones, nuestra persona queda diluida en el fantasmagórico escenario de la impostura. La virtud es el canto añejo de los trasnochados, que desubicados se acunan
El límite de lo moralmente deleznable es tan relativo, que esa flexibilidad deviene incluso más atroz que lo juzgado como repudiable. Si, siendo el caso, analizáramos un hecho de pederastia constataríamos que lo que en una cultura parece patológico por su suma inmoralidad –inconcebible en alguien con conciencia moral- en otras la incorporación de las