Un mazo desplomándose despiadadamente sobre la testa, sin herirla ni desangrarla. Un impacto simbólico sobre la consciencia, que la remacha hasta la iniquidad, desarmándola, despojándola de toda artimaña de defensa, para dejarla inerme y a la intemperie. Un brazo invisible – ¿anónimo quizás? – que mangonea hábilmente esa clava para pulverizar, irreversiblemente, la posibilidad de
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Descuajo a dentelladas las metáforas adulteradas, fraudulentas que se erigen como simulacros de relatos simbólicos. Aquellas cuya función consiste en amainar, doblegar y esclavizarnos, y abandonando su naturaleza retórica se constituyen como verdades no sujetas a juicio, ni veredicto alguno. Se elevan, se alzan y remontan entre el espesor nebuloso de lo verídico, como lo
Se me escurren, desorientada en el tiempo que no en el claustrofóbico espacio, los días como gotas que rítmicamente se precipitan para desaparecer. Una ausencia que será un recuerdo compacto y confuso de homogeneidad, indiferenciación que se disuelve en la nada. La reminiscencia de un instante anodino, con un reflujo agrio y amargo que perdurará.
La ternura es una emoción bien escasa en un mundo colmado de crueldad e insensibilidad, necesarias ambas para resistir a las contingencias ruinosas que suelen esparcirse por doquier. Pero, por fortuna, esos ínfimos, microsespacios en los que nos vemos atrapados por esa terneza vivificante, son reductos privilegiados que perdurarán en nuestra memoria emocional como un
Ondea un tono grisáceo que opaca la luminosidad, esa tenue refulgencia que anhelamos emitir, afanándonos en ella, aunque resulte estéril y en vano. Acaso, deberíamos con serenidad reconocer la escasez de motivos que pueden irradiar el espacio lóbrego que ocupamos. Tolerar la pesadumbre que nos envilece y sostenerla, soportarla y demostrarnos que podemos. Y, tan
Un sauce llorón majestuoso proyectando una sombra que cobija a espíritus solitarios. Bajo esa umbría, entoldados y protegidos no solo de las ráfagas solares, si no de los proyectiles que con súbita inclemencia arrojan los otros. Esto evidencia que no siempre estar con alguien beneficia ni rescata de la oscuridad; más vale sostener la propia
Añoro ese tejer palabras entramadas mientras me afano en aprehender ese sentir gestado en la autenticidad, sin cadenas internas ni censuras: porque solo es sentir. Y mientras esa intensidad emocional no sea actuada no hay exigencia de limitación, ni de contemporizar lo dicho o lo hecho para cuajar en el entorno sin levantar sospecha social.
Si la intimidad queda deslavazada ante la contemplación ajena, y ese ajeno que contempla no repara en el empeño de desustanciar lo propio del otro, o el suicidio interior que en su presencia se produce, se hace cómplice del destrozo inexorable que acontece. Porque allí donde no se puede soportar la mirada externa, esta debe
Despechados por algún supuesto ninguneo, arremetemos como un astado desbocado contra todo lo que se halla en la intersección de nuestro envite. Sin discriminación y menos aun discernimiento. Necesitados de un objeto en el cual verter nuestra vanidad herida, regurgitamos ira, rabia y deseos de venganza. Y esa tensión nerviosa y muscular revierte en un
La existencia se consume sin remisión, ni prórrogas indulgentes. Desconociendo su tiempo, no es procrastinar la más lúcida de las actitudes. Cierto es que no siempre lo pendiente está únicamente en nuestro campo de acción, pero sí que nos corresponde intentar lo que se halle a nuestro alcance, porque lo que resta en la conciencia








