El carnaval es la catarsis postmoderna. Nos otorga la posibilidad de desenmascararnos, paradójicamente, y mostrar lo más genuino y autentico que estamos exigidos a ocultar, porque bajo el embrujo del disfraz nos hallamos legitimados a ser, sin prejuicio ni juicio. Así, un adolescente que se disfraza del hombre verde -Hulk o la Masa- está vertiendo
Categoría: Anagramas
El tiempo acaba deviniendo el fluir de nuestra existencia, como si no fuese más que una cualidad que nos pertenece. Ignoramos, o actuamos como si, no nos trascendiera su discurrir y declinara con nuestra decadencia. Esta apropiación de lo temporal es una manifestación más del egocentrismo humano, que excede el hecho de que conozcamos el
Los senderos encubiertos, que no se avienen con la ruta de la ortodoxia cultural, deberían ser rastreados con el digno propósito de generar su aparecer. Una vez mostrados pueden ser escudriñados y posteriormente surcados o no. Pero lo que no cabe es una ortodoxia borreguil que nos ningunea, nos anula, nos difumina hasta la extinción.
Desahuciados por la inanidad acomodada como una epidermis propia, respiramos por respirar, con una inercia vegetativa que nos mantiene aquí; casi como estoicos insensibles al acontecer: apáticos, indolentes, desidiosos. Así, per, permanecemos sin vivir, como un cántico a la ausencia que nos ampara. Quizás, resurjamos un día para perecer con la absoluta convicción de que
La nebulosa onírica, que como fulgores oculares atisbamos como una reminiscencia resistente, advierte de angustias y desesperos que moldean nuestro sentir, a menudo indiscernible. El vano afán de retener y delinear esos breves y escuetos destellos nos abruma, porque donde hay voluntad de nitidez y veracidad, junto con la impotencia de ese vago recuerdo, se
Verdear el horizonte es un deseo inconsciente, una reminiscencia ancestral que como un renuevo pulsa por emerger con consistencia. Pero, no hay posibilidad ya, desfondados por un presente crudo y realista, de rebrotes falaces que solamente devienen lenitivos para sostener lo insoportable. Serpenteando por el ámbito de lo infausto, nos resta la fortaleza para rescatarnos
Hay un gesto último, una mirada final que ruega no ser esquivada, un legado de despedida para los que nos acompañan junto al umbral de la existencia; en ese tránsito desconocido al no-ser. Quizás merezcan una dádiva de ternura y compasión, ese póstumo ademán que velará su duelo ante nuestra partida y que será la
Añoro ese sosiego, esa calma, ese desierto que conforman un lecho de silencio y soledad, desde el cual es posible contactar con la propia interioridad para esparcir la mirada al mundo. Erigirme desde una atalaya que me posicione como observadora atenta del acontecer, para escudriñarlo, deshojarlo y restituir, aunque sea desde el discurso, una alternativa
Maldecimos la existencia que impía nos apremia a vivir, no parasitar. Y este requerimiento del que nos lamentamos nos muestra, quizás ambiguamente, como seres carentes de la voluntad, del denuedo inapelable para concluir la única alternativa que nos dignifica ¿Qué sentido tiene pues, denegar el deseo de morir a quien no puede culminar una existencia
Se puede palidecer a causa de espantos diversos: un virus inoportuno que sacude nuestro sistema inmunológico, un acontecimiento moralmente execrable …y también por un estado de temblor nuclear, ante la incertidumbre de qué hacer con ese pálpito que cobijamos en las cuencas de las manos que denominamos vida. Sea como fuere, lo que socava nuestro